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Todo parece sanearse ante la presencia, algo prolongada, de un tierno infante cuya lucha se circunscribe al dominio de su cuerpo y su inmediato exterior. Los recursos que crea, una y otra vez, tras fallidos intentos para apropiarse de una pieza de madera que retendrá su interés un par de minutos a lo sumo; y de nuevo deberá lanzarse a otras conquistas que le supongan superar ese reto de controlar su propio cuerpo para dar con su meta, quizás un barco de papel. Y cansado ya, canturree, atrayendo la atención y abortando la conversación de los adultos que una vez conseguida, y verificada por las risas y los gestos de reconocimiento, sostendrá profiriendo todo el conjunto de sílabas asociadas o no que ha ido aprendiendo, lo que culminará con besos, abrazos y talvez ya para gusto del bebé en excesivas muestras de cariño –por reiteradas y diversas-

Pero esa “fiesta” será para esos “mayores”, que ya dominan su cuerpo y tienen preocupaciones más complejas, una terapia de salud mental que les permita oxigenarse y recordar que sigue existiendo “un mundo” apacible y grato de frecuentar mientras haya niños que nos enseñen que mientras uno se humaniza no hay maldad.

 Acaso todo empieza a desviarse una vez humanizados, aunque sea paradójico porque suponíamos que esta nos alejaba del salvajismo