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Esos dedos, sin identidad excluyente, que resiguen los pliegues de tu espalda representan, en el imaginario de la escasez, la generosidad de dar consuelo y cobijar. Un contacto que traspasa a cada gesto la epidermis y se torna transgresión, impulsada por el deseo de actuar, sin reprimir ni controlar. Una expansión emocional y pasional que tal vez resulte en la trituración de una posible entidad, esa parca existencia que nunca alcanzó a ser.