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Los rostros, tejidos por las arrugas, delatan el tiempo y cómo transcurrió éste. Los hay tremendamente plásticos que acogen punteados los rasgos de la variedad de expresiones. Otros, profundamente hieráticos, se muestran casi lisos y ajenos al tejer de la vida.

Así, un rostro ajado por los pliegues del tiempo es la evidencia de una profunda lucha con la existencia.