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Acaso, paradójicamente, la ausencia impida el olvido y esas letras nunca escritas y esperadas sean la falsa huella de un recuerdo involuntario que permita el posterior reconocimiento. O, tal vez, nada hay que pueda hacerse para impedir o no el olvido, más cuando éste reside en la mente del que se siente abandonado y nunca en el corazón del que ha partido.