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Si languidecemos, postrados y abatidos, en la contienda por sostener la dignidad de una vida que no precisemos ocultar a nuestros hijos, ¿qué  les resta firme y con fundamento de nosotros? Y esa dignidad no es la de la virtud inquebrantable, que todos somos humanos, sino la de la honestidad y la buena voluntad que garantizan no haber hecho mal alguno intencionadamente, y ocuparnos, en consecuencia, de los excluidos. Si fuéramos tan dignos de dejarles ese legado, no solo les habríamos dado la vida, sino quizás les habríamos mostrado una vida con sentido.