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Declinó el día, y la noche profunda no encuentra motivos para despejarse. Tal vez se contagió, en esta época brumosa, de la visión traslúcida que  nos traiciona. Menuda catástrofe si tras la noche no sobreviene nuevamente el día, de lo que ya advirtió Hume que no podíamos tener certeza aunque nadie lo creyera con firmeza. Ahora, expectantes ante el acontecimiento esperado, como si deseáramos con fuerza que no se altere la naturaleza por nuestro caos humano, solo nos queda conjurar el poder de los deseos, para que se cumpla lo acostumbrado.

Sentimos miedo del alcance de nuestro poder, de las atrocidades y desequilibrios que es capaz de producir, hasta el punto que debemos ser la primera generación que se toma en serio la falta de conexión necesaria entre causa y efecto, y por ello dudamos de la salida del sol, con Hume, por si algún capricho contemporáneo hubiera afectado la sucesión temporal.