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Aquella época en que se exigía lo imposible porque lo posible se daba por supuesto, sucumbió a fuerza de acontecimientos reales que a jirones desangraron la utopía de una sociedad, que ni se asemejaba a las comunidades hyppie en las que se aislaron. Pero no se puede negar que inspiran una envidia sana, una añoranza, un deseo de haber pertenecido a esa etapa, porque tenían algo en qué creer –que no era la religión- conservaban la esperanza, el valor de su fuerza y de su lucha, la capacidad del pueblo de cambiar la historia. Hoy, sabemos que esos jóvenes se convirtieron en los grandes yuppies capitalistas –los que sobrevivieron a las drogas y a la guerra del Vietnam- tras ese baño de cruda realidad. Y sabemos además que estaban fatalmente equivocados. Que el gigante contra el que luchaban era más terrible y múltiple que Goliat, que a ellos, por muchos que fuesen, no les bastaba la astucia de David, y que las historias reales no acaban bien, porque no están escritas para manipular sino para dominar y triunfar.