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Desvencijado y desestructurado por el azote huracanado del acontecer, que tanto se le asemeja al pasado, no  halla lugar ni requiebro hábil para urdir estrategias edificantes. Una imagen obsesiva de cortes epidérmicos que contribuyen a menguar la angustia o una pérdida de conciencia provocada. Pero, después  ¿qué hay de la carga mortecina, de las miradas reprobatorias, de todo aquel que se erige en juez por derecho propio?

La soledad más profunda y dolorosa es la de quien estando acompañado, se siente el ser más juzgado e incomprendido, condenado casi por estar como está.