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No hay fracaso vital, a no ser que supongamos que vivir es un trazo rectilíneo orientado a un determinado fin o propósito. Solo desde ese supuesto adquiere sentido el concepto de fracaso, como desviación de lo previamente trazado. En esta tesitura, quizás fracase quien ha definido el tipo de línea que debe trazar la vida de cada uno, y no propiamente quien crea nuevos trazos.