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El placer es un  tiempo –más o menos duradero- que nos brinda el regocijo de los sentidos. A partir de ahí, hemos creado un concepto como la felicidad, que sería un estado permanente de una diversidad de placeres, no solo sensoriales, sino también emocionales e intelectuales cuyo horizonte nos alienta en la vida. Pero,  más allá de figuraciones basadas en experiencias hedonistas, la denominada felicidad no es ningún estado que se avenga a la naturaleza humana porque posea existencia o realidad, es, y hay que decirlo alto y con valentía un desiderátum muy humano para dar sentido al vivir. Nada más.