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Los que fuimos testigos, desde la cercanía que genera la pronta localización de un hermano que conduce trenes inciertos, o desde el horror y la perplejidad  de la masacre que “alguien” había perpetrado, nunca tendremos más once de marzo que aquel en el que el  infierno se transformó en railes, trenes y hierros calcinados. Las víctimas pasaron a formar parte, de forma súbita, de la memoria sangrante de sus familias y de la trágica historia. Los heridos se habrán rehecho  con el lastre irreparable que el atentado dejara en ellos, como sello inequívoco de su presencia aquel maldito día.

Y para vergüenza de la historia queda la acción de un gobierno más preocupado en cómo el atentado afectaría los resultados electorales que debían tener lugar tres jornadas después, que por la  forma arbitraria y salvaje en que casi doscientas persones perdieron la vida aquel once de marzo.

En recuerdo de las víctimas, los heridos y las familias que de un modo u otro el azar colocó aquel día en los trenes de la muerte.