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Alcanzada esa edad en que las canas abundan, se establece una distancia con el mundo. Sutiles y poco eficaces agentes de cambio, constatamos lo poco que hemos contribuido para legar un lugar mejor a las generaciones venideras. La fuerza ciega que regula los acontecimientos ha resistido inmutable al esfuerzo de jóvenes que creyeron utópicamente que el mundo puede ser algo distinto. Hemos visto el final de una dictadura –aunque los resquicios del franquismo aun nos sorprendan- de ETA –aquellos que nacimos entre atentados- la internalización del terrorismo yihadista volando descomunales edificios, trenes y, principalmente miles de personas despedazadas sin ningún atisbo de piedad. Tal vez la misma que occidente tuvo históricamente con los otros pueblos. Vivimos probablemente las consecuencias de una venganza infinita, insaciable. Difícil de atajar, considerando que sus mismos hermanos musulmanes son víctimas prioritaria de estos fundamentalistas inhumanos.

Hemos vivido crisis económicas de las que siempre se han beneficiado los que más tenían y se ha intensificado la pobreza de los que ya malvivían. Hemos presenciado tensiones entre estados que amenazaban la  paz mundial con la sombra de una tercera guerra mundial. Hemos sido testigos de la ola migratoria más intensa de la historia, presenciado cómo se obstruía el rescate de inmigrantes en el mar, cómo se los hacinaba en centros que se asemejan más a prisiones que a lugares de acogida transitoria.

También hemos sido testigos de una revolución tecnológica que ha cambiado el modus vivendi. Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación han facilitado el contacto y la circulación de noticias entre la sociedad civil, creando mareas y movimientos con una rapidez de convocatoria y acción sin precedentes. Se ha transformado la forma de trabajar, eliminando puestos de trabajo y creando otros mucho más cualificados, a la vez que se ha facilitado la disolución entre tiempo laboral y tiempo privado, de lo que han sacado rendimiento las empresas más competitivas.

Y en este maremágnum de grandes y acelerados cambios ¿qué hemos hecho aquellos utópicos que vociferábamos la incompetencia de los adultos del momento? Justo sería reconocer que nada, porque la fuerza, no ciega, que regula el acontecer se eleva por encima de nosotros, como una bestia marina que asciende desde el fondo marino y emerge restituida, y arrasa cuanto encuentra a su paso con un propósito firme: el desarrollo indefinido de aquello que los que ostentan el poder económico consideran prioritario, su ansiada inmortalidad.

Menudo chasco de generación hemos resultado.