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Ser madre, no solo es amar irremediablemente, sino recibir el querer más genuino y espontáneo que puede ser entregado. Cierto es que nunca dejamos de ser madres, y por ello debemos asumir que la manera de ser hijos cambia, porque su necesaria y deseable autonomía nos convierte en personas amadas pero prescindibles. Y esto, que parece una verdad de Perogrullo, es el acontecimiento más difícil de aceptar para la gran mayoría: se gestaron en nuestro interior, los parimos, los cuidamos y protegimos durante años, pero siempre con la sana pretensión –o debería ser así- de lanzarlos al mundo a vivir intensamente. Soltarlos es un momento costoso y a la vez satisfactorio por saberlos libres y autosuficientes para decidir qué hacer de su existir.

Solo quien está dispuesta al sacrificio y a sufrir en silencio, debería ser galardonada como madre…el resto tal vez, fuimos mujeres que tuvieron hijos.