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La intensidad de la ausencia socava el ánimo de quien creyó que la falta disiparía el dolor y el recuerdo. Y es que somos seres dialécticos incapaces de percibir un ente sin su contrario. Por ello, sentimos añoranza del frío en pleno calor de estío, o la carencia nos induce a sentir la presencia punzante de lo negado. Estamos condenados a sentir la realidad en su exceso: lo que está y lo otro.