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Si a una débil cultura del esfuerzo, gestada a base de idolatrar a jóvenes triunfadores, felices y con un poder adquisitivo regalado, la sometemos a un mecanismo continuado de competitividad para lograr el éxito social o un lugar en el mundo, podemos obtener generaciones frustradas, caracterizadas por la indefinición y adoleciendo de consistencia personal para afrontar y desvelar la falacia en la que han crecido. Esto implica tropezarse con sectores de la juventud e incluso de adultos que constituyen los denominados “ninis”, que secos de perspectivas ni estudian, ni trabajan, ni poseen la autonomía para reconducir su ubicación social, junto a otro grueso grupo que adopta un pragmatismo contra sus preferencias que acostumbra a llevarlos al fracaso.

Porque orientar la vida, en un entorno social darwinista, exige una entereza y madurez  que no cultivamos en los niños y jóvenes, abocándolos a la tiranía de su propia impotencia.