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La diferencia entre inmigrante y refugiado, hoy por hoy, en relación a los que emigran de su tierra de origen arriesgando su vida –incluidos muchos niños- es netamente política. Se basa en el trato que deciden los gobiernos dar a esas personas desesperadas. De hecho, podríamos preguntarnos qué diferencia hay entre huir de un país, en condiciones denigrantes y clandestinas, por razones de hambruna o de guerra. Quien huye del riesgo de morir de inanición busca refugio en un nuevo país en el que pueda garantizarse la subsistencia, esa a la que como humanos todos deberíamos tener derecho, mientras quien huye de una guerra, enquistada y eterna, pretende subsistir evitando el fuego cruzado –y no cruzado- y la hambruna, la destrucción que está desolando su tierra.

Tan inhumana es una situación como la otra, más cuando el grado de urgencia debe ser similar al acudir todos ellos atravesando el Mediterráneo, en embarcaciones sobrecargadas de personas, y con altas posibilidades de ir a la deriva antes de llegar a ninguna costa.

Europa, que en su momento expolió la tierra de los que hoy huyen, está dando un ejemplo de lo indeseable por inmoral. Lo más grave es que la indiferencia hacia esas vidas y el rechazo de esa muchedumbre que reclama un lugar en el mundo donde sobrevivir van intensificándose sin remedio. Es previsible que en un par de años los gobiernos de muchos de los países de la Unión sean racistas, xenófobos y populistas que vetarán sin fisuras la llegada de los sin voz, sin oportunidades y condenados a morir como perros callejeros.