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Necesitamos trastocar la alienante rutina para diluirla, como si fuese el rastro de un presente transitoriamente pulverizado. Amanecer en lechos ajenos, desperezarnos con el aire renovado de lugares flamantes que se infiltran por los poros del sentir gratamente estimulado.

Necesitamos que la vida devenga reiteradamente excitante, para figurarnos una existencia desligada de las imposiciones, que de hecho, constriñen nuestro estar y, por ende, lo que tristemente somos: marionetas inconscientes de que sus movimientos están trillados.  

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