El vicio de escribir

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Entre la niebla, y remolcando un cansancio, como el que describe Hanke, en mi mente tironean diversas ideas sobre la próxima obra que se va imponiendo como una necesidad o una exigencia de vida. Quien resta apresado por el gesto, hábito de escribir, no puede resistirse a ser secuestrado por ficciones, pensamientos y tan solo –nada más y nada menos- debe facilitar la evasión, la explosión gaseosa, de ese tumulto de moscones que inquietan e incomodan hasta que van adquiriendo forma y fondo. Tras esa lidia solo resta empezar y dejar libertad de albedrío a los personajes novelísticos o al discurrir filosófico, si esa tensión se disuelve finalmente en una reflexión argumentada.

Esa fase es quizás turbulenta, indecisa, menoscaba tu autopercepción hasta que en un giro de coraje te inclinas por un reto concreto que nunca será del todo satisfactorio, porque no podemos revestir con el lenguaje el tumulto y desgarro que implica el proceso creativo. Siempre es un acto de introspección excesivo y siempre un resultado insuficiente. Pero, volverá posteriormente ese renovado tumulto a remolcar el espíritu cada vez más desasosegado como una patología adictiva.

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