“La vida arrebatada de Friedrich Nietzsche” F. Overbeck. Una reflexión

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Según Franz Overbeck “Nietzsche era un genio, pero su genialidad residía en sus dotes como crítico. A este talento crítico genial le dio el más peligroso de todos los usos: la aplicación sobre sí mismo y de manera verdaderamente letal contra sí mismo. Quien se convierte como él en objeto de un talento crítico tan ingenioso está condenado a la locura y la autodestrucción”[1], es decir se propone desvelar ese otro uso demoledor que el filósofo alemán hizo de su excelencia crítica. No solo vació de fundamento la cultura occidental anticipándose a las diversas formas de nihilismo que se han producido tras la profetizada “muerte de Dios” de Zaratustra; martillazo nada desdeñable si consideramos la influencia que esta devastadora crítica a las diversas formas de la cultura ha tenido durante los siglos posteriores, sino que su genio que le proporcionaba una presencia a menudo altiva y narcisista, se centró también en sí mismo evidenciando sus debilidades y carencias que mucho le costaba metabolizar. Su lucha personal contra ese humano mediocre, demasiado humano, del que siempre quiso  zafarse, desembocó en un crisis perpetua entre los cimientos que lo aferraban a su mediocridad, en cuanto humano, y esa excelencia suprahumana, capaz casi de degustar el dolor como fase de autosuperación y autoafirmación, hacia ese posthumano al que siempre aspiró, casi en contradicción interna perpetua entre la aniquilación de todo ideal y la obertura de un horizonte que destila aroma de una forma de humanidad nueva, y por ende, un “cierto” ideal a conquistar, aunque esto nunca hubiera sido admitido por el propio Nietzsche.

Su autodestrucción fue la plasmación, tal vez, de ser alguien desubicado, más propio de las postrimerías del siglo veinte, en el que quién sabe si hubiese servido de sustrato ideológico para la ideología transhumanista. Nunca hubiera aunado fuerzas con nadie, eso parece nítido, porque su genialidad y su autopercepción de ser único le hubieran impedido identificarse con pensamiento alguno que no hubiese sido pergeñado por él mismo.

Aunque su voluntad de poder lo catapultara a un laberinto mental aparentemente irresoluble, que denominamos locura, le debemos mucho a Nietzsche. Al menos el coraje de asomarse al nihilismo, al “sin hilo”, sin relación, sin nexo, es decir Nada, en la medida en que vamos perdiendo el ligamen, la relación ante la indiferenciación de todo, incluso del sentido que nos aboca al absurdo, según analiza Esquirol[2] haciendo una aportación significativa a la reinterpretación del nihilismo nietzscheano. A partir de esta constatación del proceso que lleva implícito el desarrollo de Occidente, cada uno deberá rebuscar un vericueto que le permita decidir, si es que esto puede ser decidido, qué rumbo tomar.

[1] F.Overbeck: La vida arrebatada de Friedrich Nietzsche, Errata Naturae, Madrid 2016
[2] J.M.Esquirol, La Resistència íntima: assaig d’una filosofía de la proximitat., Quaderns Crema, Barclona 2015.

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