La culpabilidad

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La culpa es para el hombre contemporáneo un estado psicológico provocado por la acción u omisión que genera un sentimiento de responsabilidad por un daño causado. Estamos, por lo tanto, desplazados de esa culpa de naturaleza teológica, por transgredir voluntariamente la Ley de Dios, que impregnó el carácter del hombre pre-moderno.

Hoy, lidiamos con la contradicción de sabernos causantes indirectos de muchos males por omisión y la impotencia de incidir en algún grado en ese sistema que, siendo ajeno, nos es casi connatural. Sería esa culpa manifestada como un ruido de fondo que desasosiega a los que poseen conciencia de sí y de su entorno. En definitiva, es la culpa  social o la carga que arrostramos por ser sujetos cuya cooperación es necesaria para mantener la estructura social y económica. Quien siente esta culpa sabe que la alternativa es, como mínimo, la exclusión, el exilio o la marginación como reacción para no contribuir con nuestra impotencia y pasividad al mantenimiento de un sistema altamente dañino.

Pero incapaces de vivir voluntariamente fuera del sistema, trasladamos esa culpa al plano absolutamente subjetivo y privado en el que todo parece encontrar una terapia sanadora. Así no nos liberamos de ese sentimiento inquisitivo, sino que buceamos exclusivamente en lo particular y concreto para crear la ilusión de que podemos reparar nuestra responsabilidad o vínculo con lo nocivo y devastador para los otros.

Aparece de esta manera, el mercado de la autosatisfacción individual ofreciendo estrategias que nos equilibren y nos permitan sentirnos bien con nosotros mismos, siendo el referente privilegiado de cuanto hacemos o no hacemos y convirtiéndonos en el criterio de legitimación de la forma en la que hemos decidido estar en el mundo. La culpa se va difuminando para revertir en victimismo. Somos pacientes del sistema, no agentes y eso da lugar a una ficticia absolución.

No obstante, y reconociendo ese sentido de lo equitativo y justo que reside ineludiblemente en la conciencia de cada uno –acaso porque la metáfora ralwsiana del velo de ignorancia  la impregna – nunca logramos alcanzar ese bienestar y satisfacción prometidos, que rebuscamos consumiendo estrategias y bienes; y permanecemos oscilando entre ese resquicio de culpa y la huida que revestimos de perdón o incluso legitimación.

De ahí nuestra dialéctica interna que no deviene más que tensión sin síntesis posible.

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