La Biblioteca: el oasis benéfico

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Recuerdo, entre los rastros benéficos de una adolescencia turbulenta, la biblioteca que humilde y con escasos recursos se mantenía en mi barrio, en un lateral de la plaza a la que muchos acudían para actividades diversas: encuentros y desencuentros violentos.

Constituía mi oasis particular porque me concedía la posibilidad de aislarme, desconectar de una realidad nada satisfactoria y estimular mi interés por los libros. Ese mundo en papel –en aquellos años en los que tampoco había móviles- que me susurraba en silencio que había vida en esas hojas, otras realidades, otros lugares y personajes que encarnaban posibles personas que podían existir; y algo en mi interior clamaba por su existencia, para que fueran seres reales con los que tal vez pudiera cruzarme algún día.

Era un barrio de clase trabajadora –decíamos entonces- pero aun así la biblioteca Josep Janés –que hoy ha cambiado su ubicación- era una guarida para aquellos que anhelábamos trazarnos una vida mejor que la que habían tenido nuestros padres. Sé que el término “mejor” es absolutamente ambiguo, por eso aclaro que lo uso en el sentido de tener la oportunidad de elegir, en alguna medida, a qué íbamos a dedicarnos profesionalmente y qué tipo o estilo de vida deseábamos forjar. Rompiendo clichés mutiladores, redefiniendo –o eso creíamos- el rol asociado al género, imaginando alternativas a la tradicional forma familiar.

En este sentido, los libros a los que podíamos acceder en esa sala única que constituía la biblioteca nos ayudaban a imaginar, idear y a soñar que era posible cambiar el mundo.

Lo cierto es que con los años aprendes el tesoro que supone el acceso gratuito a la cultura, aunque también que las lecturas que en una etapa te impelen a forjar sueños, en otras te permiten desarrollar una actitud más realista y crítica con las posibilidades que hay de cambiar nada, aunque el mundo por sí mismo mute con una vorágine enloquecedora, no siempre lo hace en el sentido en el que nuestra juventud quiso creer.

Deseo con estos deshilados recuerdos rendir un homenaje a toda la red de bibliotecas que en estos momentos contribuyen en mi ciudad a la liberación de las personas mediante la lectura; se escribe rápido, pero la frase tiene una importancia sustancial: porque los libros, la lectura, el aprendizaje y la educación deben ser siempre instrumentos de liberación y nunca de sometimiento. Para mí lo fueron, y acaso la contradicción interna que todos arrastramos y con la que debemos lidiar proceda a menudo del desajuste entre la nutrición cultural y la presión del sistema social. Lo cual debería llevarnos a cambiar el sistema, nunca al abandono de la lectura.

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