La rigidez castradora

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Algunas veces me agota escribir, otras me satura no hacerlo. Será porque algunos vadeamos entre la posición óntica asignada y la negación obcecada de alternativas, persistiendo en el desguace de la insatisfacción como si paradójicamente nos gratificara. Ostentamos un antagonismo sustancial como si esa radicalidad fuese un gesto de heroicidad.

Y solo la experiencia nos brinda la percepción de los grises matizados, que se nos aparecen como gradaciones alternativas jamás consideradas. Identificamos el detalle, la peculiaridad, la tenue distancia entre las alternativas a la posición originaria. Es entonces cuando destensamos los músculos faciales, sentimos el flujo sosegado de la sinapsis neuronal y simultáneamente liberamos la mente de prejuicios auto-impuestos, que nos otorgaban el don de lo genuino a tenor de esa radicalidad forzada.

Y escuchamos, discurrimos, analizamos y contrastamos la actitud intransigentemente dual con la humildad de reconocer la riqueza de una diversidad de posiciones que, incluso, están por  sondear.

Decrece la tirantez, la rigidez y nos adentramos en el descanso de no exigirnos ser vitalmente  estáticos. Mutamos la posición antagónica por su alternativa elástica y flexible, hasta alcanzar un estado de menor insatisfacción, porque ni nos desgastamos escribiendo, ni nos saturamos de no hacerlo.

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