Consumiendo felicidad

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Revisión de un artículo de 2016

Cuando el objetivo de nuestras vidas es la felicidad, una ansiedad nociva se ha disparado en nuestro interior. La existencia, como misterio que vamos aprehendiendo por la experiencia, no admite fines ulteriores que exigirían una comprensión nuclear de su naturaleza. En la medida en que forzamos un sentido vital sin poseer el conocimiento de qué es eso de vivir, estamos estableciendo horizontes que tal vez poco tengan que ver con la existencia. Y todo esto al margen de lo que entendamos por felicidad, que sería otra cuestión fundamental y que podría alejarse o aproximarse más o menos a la vida de facto.

Aristóteles entendía que la naturaleza de las cosas viene determinada por sus fines. Hoy nosotros, no pudiendo definir el fin, la felicidad, intentamos indagar sobre nuestra naturaleza de existentes para dirimir si ciertamente la felicidad es algo consustancial. Si así fuera, parece que pocos humanos están en plenitud, de ser lo que son, porque si algo hemos ido constatando es que esa supuesta felicidad debe ser algo así como una utopía, un devenir orientador pero difícilmente algo que podamos atribuir a nuestro ser existente.

Algo que evidencia este estatus metafísico y trascendente de la felicidad es el hecho de la diversidad de perspectivas desde las cuales se sigue insistiendo en que ese estado vital es posible; indicio por tanto de que no es para nada obvio, ni evidente, ni por supuesto conocido.

De esta forma, algunos se plantean que la existencia debe ser abordada en otros términos, e intentan abandonar esta perspectiva que solo responde a necesidades lenitivas que nos permitan sostener la carga vital. La pregunta por el sentido desestima la felicidad como respuesta ya que presupone que la vida como tal, en sí misma, debe tener un significado, y sería de rigor contemplar, por el contrario, que no sea más que un mero azar, es decir una casualidad sin propósito alguno. Ser o no feliz sería una consecuencia del vivir, un efecto colateral, desligado del sentido, y por ende no el fin. Ahora bien, admitida la posibilidad del puro azar, asumimos el sin sentido como algo posible y que debemos poder metabolizar en caso de que así sea constatado.

Este es quizás el aspecto más áspero de indagar con coraje la naturaleza de la propia existencia, motivo por el cual proliferan las ofertas para hallar la felicidad, pero no para hallar la verdad. Así la filosofía como crítica de la propia existencia no puede prestarse nunca a un comercio de lo blando o condescendiente, en lugar de llevar a cabo su función dura o intransigente en términos de no contemporizar con lo constatable y verosímil.

La vida humana no es por naturaleza la vida feliz, pero sí debería ser la vida auténtica, o como entendía Kant la virtud nos hace dignos de ser felices pero no necesariamente felices. Reforzando pues la idea de que es más humana la virtud que la felicidad, aunque la sociedad nos venda la felicidad y obvie la virtud que no cuaja con el consumo desaforado.

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