Susurros

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Susurramos las palabras con un discreto temblor ante el miedo de agraviar, sin voluntad de ello, a quienes nunca deberían sentirse aludidos por su eco. Y este delicado gesto nos honra.

Mas, sería paradójico que nuestra tenue voz se diluya como un murmullo residual sin que quienes deberían reaccionar ante semejantes aseveraciones se zafen por disimulo o fingimiento.

Toda expresión contiene un fondo de veracidad que, sin necesidad de alzar la voz, debería llegar a oídos de los que se hallan implicados.

No obstante, cierto parece que el exceso de prevención puede constituir la rendija de fuga de aquellos en los que dichas palabras deberían retumbar como una explosión.

Así, cabe admitir que arrostrar injusticias exija la suficiente contundencia contra el malhechor y el aislamiento de esas resonancias de los que devienen, al fin y al cabo, víctimas.

A pesar nuestro  podría  cumplirse la profecía de Isaías:

            De oído oiréis, y no entenderéis;

            Y viendo veréis, y no percibiréis.

Porque entender y percibir requiere de la voluntad de no exculparse de todo para seguir oyendo y viendo sin sentirse afectado.

No queda quizás más alternativa que rubricar sin ambages a aquellos a los que nos dirigimos, para que no les resulte posible esquivar lo que atañe a cada cual, ni resulten indemnes de denuncias evidentes quienes por mérito han logrado ocupar ese lugar despreciable de truhan o golfo.

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