El imperio de la tecnología

Un comentario

Desde el momento en que nuestra intimidad queda supeditada al poder de las nuevas tecnologías, no habitamos el mundo a la intemperie, si no, lo que es más preocupante, al antojo y capricho de anónimos sujetos que nos destripan las entrañas y nos pueden expoliar hasta la posesión más nimia. Es un  terror realista, un pánico sustentado en la experiencia de que los ladrones están infiltrados, sin capacidad de detectarlos, a través de cualquier artilugio digital: desde el Reuter, a la televisión, ordenadores, móviles,…esta percepción de vulnerabilidad y sometimiento nos lleva al desespero y a la añoranza de aquellos tiempos en que nuestra privacidad no podía ser tecnológicamente violada.

Ahora existimos bajo el influjo de actos mágicos, que se zafan de nuestra posibilidad de control. Nunca poseemos la certeza de que la cantidad de gestiones que las formas de vida actuales nos llevan a realizar a través de internet son o no seguras. Ni podemos identificar un gran hermano con propósito y estrategias definidas, porque todo sujeto hábil tecnológicamente puede ser ese ojo que todo lo; y los usuarios ignorantes pasamos a ser víctimas ingenuas e ignorantes de esos secuaces delincuentes -a menudo legales- que se ciernen como lobos hobbesianos para imponer la ley del más fuerte. Esa ley, hoy, es la del jáquer avispado que, diluido aparentemente, maneja y manipula nuestra intimidad y privacidad transformándolas.

La dificultad que poseen las autoridades pertinentes para atajar estos delitos es desmedida, más aun cuando alguna de estas acciones es llevada acabo por las mismas supuestas autoridades que deberían detectar los fraudes y ponerlos en manos de la justicia.

No es de extrañar, pues, que se haya apoderado de nuestra mente la ansiedad y la desconfianza por cualquier incidente que tenga lugar en nuestros hogares, en forma de ruido, eco o máquina respirando.

Nos sentimos al desabrigo del mal, y el desfalco económico y personal. Y no todos reaccionamos igual ante estas amenazas.

La sensación de que todo espacio que ocupamos está lleno de diosecillos malévolos nos remite a ciertas concepciones arcaicas que creíamos superadas, con el agravante de que no son duendecillos de buena voluntad, si no depredadores sin piedad que nos descuartizan todo cuanto pueden, siguiendo aquella máxima de que poder es querer.

Esclavos de lo que considerábamos dependía de nuestra razón y voluntad, ni la razón se muestra eficaz y contundente ni la voluntad es tan buena como creía Kant.

¿No habremos perdido ya el dominio sobre las máquinas teniendo en cuenta que la descentralización de su manejo es incontrolable y no identificable? ¿No nos hallaremos de pleno en el transhumanismo que está actuando con la impunidad de un imperio que nadie osa detener?

Somos marionetas sin conciencia de nuestra condición y esta percepción falaz nos hace inmensamente vulnerables.

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