La diada de Sant Jordi: somos el dragón

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IMAGEN EXTRAÍDA DE: http://es.globedia.com/leyenda-sant-jordi-dragones-estereotipos-mariola-lleida

Hoy, no hay un gran dragón amenazante y aterradoramente visible contra el que Sant Jordi pueda blandir su espada, cual David contra Goliat, saliendo victorioso y venerado como un héroe.

Las leyendas y los mitos nos hablan de lo posible pero improbable, de lo quimérico e inalcanzable y, por efectivo e inconcebible, elevan nuestro espíritu sobrevolando cualquier adversidad por desproporcionada que sea. Humanos confrontándose a voluntades divinas a las que consiguen burlar, ante todo pronóstico, grandes seres monstruosos que son doblegados por simples y vulgares seres humanos diminutos. Tradiciones que conservamos y que simbolizan valores y utopías que sostienen la esperanza de pueblos enteros. Fiestas en las que celebramos sueños inverosímiles, pero según la leyenda alcanzados. Que nos llevan a las calles coloridas de alegría y satisfacción porque nos recuerdan que lo imposible es aquello que aún no hemos intentado.

Este año, la realidad se ha impuesto a la ficción y no habrá fiestas, ni loas a un héroe concreto. Las calles restarán vacías, deslucidas y mostrarán la auténtica pequeñez de nuestro poderío. Parece que la moraleja presente consiste en desmontarnos de la cabalgadura de la presunción, arrogancia y prepotencia. Demostrándonos que seres vivos microscópicos e invisible son más devastadores e invencibles que los malvados ogros de nuestras leyendas. Invitándonos a reconocer que somos seres vivos que, formando parte de la Naturaleza, estamos a su merced. Que no podemos controlarlo todo y que esta vez el diminuto era el enemigo, el monstruo nosotros y paradójicamente se ha verificado la leyenda: somos, pues, nosotros los derrotados, tal vez por demoniacos.

Así, no podremos regalar rosas naturales. Los libros deberemos encargarlos con tiempo, a expensas de quienes repartiéndolos por las casas pongan su salud en riesgo a cambio de un estipendio indigno y miserable. Solo son repartidores.

Como siempre hay muchos intereses y necesidades económicas detrás de cada actividad social, y la cultura por muy puristas que algunos se muestren, no está exenta de esta situación económica catastrófica en la que nos estamos hundiendo. Quien produce cultura lo hace por vocación -hablo de cultura y aquí podríamos abrir un controvertido diálogo- pero, no hay posibilidad de ofrecer lo que uno ama, libre de esa perentoria urgencia económica. No podemos vivir en un sistema cuyo motor es el mercado de la oferta y la demanda, de la vocación únicamente, sino que urge para sobrevivir que el arte que seamos capaces de ofrecer tenga su contrapartida económica, porque bien tenemos que comer, como cualquier otro ciudadano. Quienes consiguen vivir de la calidad de su producción cultural son unos cuantos privilegiados y escasos artistas. Muchos deben compatibilizarlo con otros trabajos que les garantice su sustento. Desgraciadamente, a menudo la calidad no garantiza que la vocación pueda ser a la vez la fuente de ingresos de la que vives. El mercado se impone, y estimula el consumo de lo que masivamente puede ser adquirido por una mayoría. Lo cual, conlleva inexorablemente que lo creado de mayor valor cultural no sea necesariamente lo más consumido, ni lo que proporciona desahogo al artista para sobrevivir.

Así, y zanjado el inciso realista anterior, este Sant Jordi será un día triste, casi un día de luto para todos los que sufren y han sufrido con más intensidad la pandemia y sus consecuencias.

No por ello, y acaso desde la tristeza de la mirada decaída, dejaremos de hacer actos aprovechando las tecnologías y las posibilidades virtuales que estas nos ofrecen. Pero Sant Jordi, será hoy. Cualquier aplazamiento de su celebración responde a compensar las pérdidas económicas de las que depende el sustento de muchas familias, al igual que ocurre en otros sectores.

Dejadme que me despida, este día de Sant Jordi, con un aforismo:

“El corazón de los humanos se convulsiona ante las tragedias. Tal vez la hiper-velocidad de nuestra época nos mantiene distantes, como si fuéramos indiferentes, y solo un azote vital nos entrecruza de nuevo.”

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