El ajedrecista solitario

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¡Cuán difícil es abstraerse de esta fílmica situación en la que nos han sumergido! Este era el lamento recurrente de Jan que, abatido por un alud que había paralizado la vida de todo el planeta, se sentía incapaz de vislumbrar un final satisfactorio de esta hecatombe.

Así es que, confinado o en un subterfugio de arresto domiciliario -de esa forma lo percibía él- optó por una de las formas benévolas, entre otras, de pasar ese tiempo de duración incierta y de consecuencias, intuía, catastróficas.

Rebuscó entre los cajones más inusuales un tablero de ajedrez y las piezas correspondientes. Estaba decidido a retarse así mismo hasta conseguir ganarse, algo que de entrada puede despertar la perplejidad de cualquiera. Pero, después de mucho rumiar, había hallado una manera de combatir esa soledad impuesta.

El mencionado confinamiento era una condena para las familias que se desplazaban en sesenta metros cuadrados -o menos- siendo entre cinco o, quién sabe si, siete miembros. Las crispaciones, los conflictos y el aumento de la agresividad era palpable. A la vez que una tendencia al decaimiento y la desesperación por parte de algunos componentes de dichas familias que veían en aquella situación el apocalipsis.

Pero, para quien vivía solo la situación revestía otros malestares. Desde la percepción de hallarse en el valle del olvido, hasta la histeria que provocaban los nervios de no tener día tras día con quien intercambiar palabra alguna. Esa era la situación de Jan ya que, despedido por un ERTE, nadie le echaba de menos en ningún lugar. Ni familia, ni amigos con los que no contaba. Puede resultar rara esta situación de aislamiento tan aguda, pero parece que en las sociedades actuales asciende el número de personas que se hallan en situaciones similares.

Bien, pues dispuesto a refugiarse en su creatividad domiciliaria, consiguió encontrar ese juego que confiaba en que le facilitaría el paso ágil de los días, semanas o meses que durase ese encierro. Decidió organizarse el día: iría por la mañana temprano a comprar los víveres necesarios para pasar una semana y, el resto del tiempo, o del que fuese capaz se entregaría a ese desafío personal que, aunque extraño, le resultaba estimulante.

Cogió una hoja de papel, hizo una tabla con dos jugadores Yo A, y Yo. Añadió el número de partida, el resultado y los puntos. Se mentalizó a sí mismo de que debía darlo todo fuese quien fuese el jugador que moviera la pieza, para ser lo más objetivo posible. Sentadas bases y este compromiso consigo mismo se lanzó a la primera partida.

El jugaba con blancas y su oponente con negras. Realizó una salida típica pero que él creía usar de forma poco ortodoxa que era avanzar dos casillas el peón del rey, de esta forma abría paso a la reina y a ambos alfiles que posteriormente le permitirían acosar de forma comprometedora al rey del rival. Movida la pieza, rodeó el tablero y se situó en la perspectiva del Yo-A. De entrada, se tropezó con lo que a priori parecía obvio: conocía las formas erróneas de responder a este ataque y la más aventajada. Esto obviamente, no le ocurría cuando se enfrentaba a otros contrincantes que no eran él mismo, pero pensó que debía jugar usando la información que tenía. Así es que avanzó los dos peones laterales, aprovechando una sola jugada, porque uno de ellos le serviría posteriormente para cerrar el paso a su oponente con el peón colindante, adelantándolo dos casillas. Retomó su posición original, es decir la de Yo, y estuvo unos minutos meditando cómo abordar una situación en la que su oponente sabe de antemano todas sus intenciones ¿Dónde quedaba en factor sorpresa? ¿La posibilidad de que el otro no atinara a apercibirse de la jugada que se estaba tramando? Sencillamente no existían estás situaciones. Se le antojaba como jugar con una máquina, en el sentido de que tú mueves tras unos minutos de reflexión y la respuesta de la computadora se produce ipso facto, como si ya hubiese calculado antes de tu movimiento tus opciones y las suyas.

Le resultó curioso darse cuenta de que cuando ejercía de Yo, llevaba la iniciativa y solo contemplaba cómo podía defenderse el otro Yo, cuestión lógica relativamente contando que el primero había salido con las blancas. No obstante, se le ocurrió que si su rival, en lugar de defenderse se lanzaba también al ataque la partida podía cambiar el ritmo cansino que mantenía. Así es que, decidió ceder un margen de iniciativa a su rival para abrir el juego y no limitarse a los roles asumidos inicialmente. Como estrategia de distracción, y sabiendo que su jugada inaugural quedaba abortada, decidió mover la reina a F3. Cuando regreso y asumió la identidad de Yo A, ya sabía que el movimiento de Yo, había sido una toma de posición sin más pretensión que la de esperar cómo reaccionaba él. El movimiento semicircular de un lado al otro de la mesa, sabiendo de antemano lo que pensaba el contrincante provocó que se generara en su mente una especie de pasta espesa, de color ocre casi blanco, que le sugería que lo que estaba llevando a cabo era un absoluto absurdo. No podía jugar contra sí mismo, siendo uno y el otro, y sabiendo siempre lo que ambos discurrían y pensaban. Su soledad se hizo más incisiva, porque creyó sumergirse en el lodo pantanoso de un aburrimiento circular por el que encima sentía serias dificultades para desplazarse.

Sentía el fracaso burlándose a carcajadas cínicas de un ingenuo, que soñaba con desdoblarse para no permanecer condenado a la soledad.

Apesadumbrado, desalentado y convencido de ser un individuo abyecto, se cobijó bajo el edredón de plumas; tomó varios calmantes con una cerveza de esas tostadas que estaban de moda y tanto deleitaban su paladar, y pensó que a golpe de huidas furtivas -aunque todo él era ocultación- ese tiempo maldito de confinamiento transcurriría veloz, y superada esa fase ya decidiría cómo procedía continuar.

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