La vejez: el mayor fracaso de las sociedades actuales.

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Sentirse progresivamente instalado en la vejez debe ser -digo debe porque solo hablo, de momento, por observación- la etapa más difícil de asimilar y reconocerse a uno mismo como tal. Recuerdo que mi madre, que murió con ochenta y dos años, se quejaba a menudo de verse obligada a estar en un lugar donde todo “estaba lleno de viejos”, porque ella, obviamente, no se consideraba como tal, y a pesar de que padecía una leucemia terminal, ni quiso enterarse, ni dejó de fantasear con lo que tenía que hacer cuando saliera de allí. No voy a decir que muriera muy mayor, pero tampoco es un desatino ni una injusticia cósmica que alguien fenezca a esa edad.

Bien, más allá de la particularidad del ejemplo -aunque en el fondo paradigmático de la actitud de las personas que se niegan a entrar en la vejez- me parece que aceptar la senectud está vinculado inexorablemente a enfrentarse a la pérdida irreversible de capacidades y a mirar el rostro oculto de la parca, para desvelarlo e intuir un poco más qué nos espera.

Pensemos que, y salvando las distancias, es como si supiésemos que hay un asesino que nos vigila para llevarse nuestra vida y no sabemos exactamente ni cuándo, ni cómo; eso debe ser un generador potente de angustia.

El miedo a no saber si hay, o no, algo más después de la vida; si ese tránsito será muy doloroso; “qué será de nosotros después de morir” porque parece que el inconsciente se niega tozudamente a nuestra aniquilación absoluta, y persiste, de alguna manera, la creencia de que “en algún lugar” aunque de naturaleza diferente “estaremos”.

Estas ansiedades y miedos intensos se producen en un momento en que las personas viven más solas, ciertamente. Porque, al igual que el ritmo impuesto por la sociedad de consumo y producción capitalista no tiene en cuenta el bienestar de los niños, que se ven “ocupados” entre la escuela y las actividades extraescolares entre diez y doce horas diarias, para que los padres puedan trabajar; tampoco tiene en consideración cómo hacer que la última etapa de la existencia sea más que sentirse un estorbo del que nadie sabe cómo ocuparse. La falta de tiempo de los ciudadanos inmersos en el proceso productivo les deja poco tiempo para sus hijos, y escasísimo para sus padres, que pueden hallarse ya en esa vejez temible para muchos.

Además, la vejez es como una vuelta a la dependencia e inseguridades de la niñez, porque uno se siente poco autónomo para vérselas con un mundo cambiante que le cuesta entender, y ese pánico puede revestirse de exigencia y reproches a los hijos respecto a la soledad en la que se sienten o se encuentran. Cierto es que se sienten solos, unos lo están, además, otros muchos no; pero su percepción es de abandono porque necesitarían alguien continuamente a su vera que les hiciera más tolerables sus angustias y sus pavores. Además, parece que hay defectos o dificultades que se agudizan más en esta etapa y, a menudo, son expresadas tal cual sin ningún tipo de filtro. Se vuelven insultantemente sinceros, porque te transmiten “su verdad” como si fuera un hecho incontrovertible, que nos conduce a una aguda culpabilidad.

No es difícil manejar con habilidad estas situaciones. Primero porque ciertamente, estén o no solos “sí se sienten” solos, porque al viaje final nadie va a acompañarlos y ese acontecimiento, inquieta sobremanera a muchas personas. Segundo, porque nos es difícil distinguir lo que ellos expresan de la complejidad de la sociedad en la que vivimos, y no somos responsables, como hijos, de tener que afrontar un mundo en el que la “liberación esclavizante” de la mujer, la ha llevado a trabajar fuera de casa, y en casa en desigualdad de condiciones respecto de su pareja, más ocuparse de los hijos y de los abuelos, sin que estas tareas estén del todo equiparadas aún. Es decir, a los hijos y a veces especialmente a las hijas se les exige “lo imposible”, y nadie puede dar semejante irrealidad. Por ello, disponer nosotros de la capacidad de identificar que nuestras circunstancias no son la que tuvieron nuestros padres, es definitiva y decisoria para no sentirnos atrapados por una culpabilidad que no nos pertenece. Sí que, debemos velar por el bienestar de nuestros mayores, pero las formas de cuidarlos no pueden ser hoy efectuadas con los mismos mecanismos y estrategias de antes, porque el mundo es otro y la imperiosa necesidad de trabajar ambos en la pareja, en la mayoría de los casos, es una situación que no se elige tampoco, sino que se hace necesario para la subsistencia de la unidad familiar.

Creo importante, también, que sus reproches sobre todo lo que han hecho por nosotros y cómo se lo pagamos, no es más que una forma pudorosa de pedir auxilio ante el miedo que sienten. Nadie los mentalizó para la etapa más dura de la vida, ni a nosotros tampoco y sea esta, tal vez, una necesidad candente en una sociedad que tiene una población tan envejecida. Debemos aprender a enfrentarnos a la fase final de nuestra vida que conlleva soledad y sensación de incapacidad. Personalmente, siempre que me lo planteo me imagino un centro con pequeñas viviendas independientes y unos servicios asistenciales comunes, que permitan además la interacción con personas que pasan por un momento vital equivalente, y ayudados por alguien que les estimulen a vivir lo que les resta zafándose de la angustia de que se acaba. Existen centros de estos, pero para personas con un poder adquisitivo alto. Lo que conlleva que la mayoría de la población mayor acabe en residencias cuyas condiciones ha desvelado la pandemia y es de esperar que se ponga urgente remedio a estos aparcamientos de viejos, que hasta los familiares desconocen que lo son…y que, en la mayoría de las ocasiones, estas familias no tienen alternativa por ser personas dependientes que necesitan un cuidado constante.

Es urgente repensar el modelo residencial de las personas en su periodo de vejez que no se merecen el trato que están recibiendo, pero no ya por parte de los hijos que se encuentran ahogados en situaciones insostenibles, sino por parte de una sociedad que como ya sabemos menosprecia a quien no produce, y solo supone un gasto público.

¿Seremos así los que ahora nos hayamos al final de la etapa adulta? Es decir, exigentes, fuente de culpa a los hijos, o sea, personas temerosas que se sienten desamparadas y que no saben cómo afrontar que van a morir. Creo que en buena medida sí, seremos así porque tampoco nuestra sociedad tiene en cuenta la salud mental de los más mayores, y porque seguramente en cambio estructural de modelo no haya tenido lugar, más si tenemos en cuenta la crisis económica pandémica que no sabemos cuánto tardaremos en recuperar.

Por eso, es ahora un buen momento, para advertir a nuestros hijos de lo que puede ser que hagamos o digamos y pensar conjuntamente estrategias posibilistas que minimicen el sufrimiento de todos llegado el momento. Ni nosotros debemos ser un factor más de presión y estrés para nuestros hijos, ni tampoco es deseable que nos sintamos aparcados, y tal vez buscar un modelo satisfactorio antes de que nos anule la incapacidad, sea una buena respuesta para afrontar una vejez con las personas que sienten los mismos temores y compartir momentos cotidianos y de ocio, pero manteniendo nuestra intimidad en pisos pequeños que formen parte de una comunidad asistencial.

Afrontar la vejez como la última etapa de la existencia en la que aún podemos hacer aquello que nunca tuvimos tiempo de llevar a cabo, es una manera estimulante de agruparte, incluso entre amigos, para organizar lo cotidiano y lo extraordinario con satisfacción. En estos momentos, esta reflexión que propone universalizar formas diferentes de comunidades de personas mayores, parece una utopía, y lo es. Pero o establecemos el horizonte hacia el que debemos orientarnos o nuestros mayores se irán del mundo sintiendo un desprecio que no se merecen.

Plural: 14 comentarios en “La vejez: el mayor fracaso de las sociedades actuales.”

  1. Hola, cielo. En primer lugar, gracias por seguirme y leerme. Yo también te leo.
    Pensaba contestar por aquí a tu entrada, que me ha parecido muy interesante, pero al final se ha quedado en una entrada para mi blog.
    Es mi punto de vista, parte de un libro que publiqué, titulado ¿Jugamos? y parece ser que tiene tema para rato.
    Yo lo veo desde otra perspectiva, la mía, que soy mayor y lo vivo en primera persona.
    Sé que vas a leer mi entrada y te doy las gracias de corazón.
    PD.- Necesito decirte que, las personas mayores, para nada tienen miedo! ¡En serio, para nada y por nada!
    Lo sé x experiencia.
    Gracias x poder leerte. Un abrazo

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  2. Bueno, pues cuando tenía el comentario hecho, lo mandé y no sé qué pasó que dio error y desapareció.
    Volvemos a empezar: Gracias x leerme yo también te leo con mucho gusto.
    Te comentaba que me ha parecido muy interesante tu publicación. En algunos puntos discrepo de ti y como se hacía muy extenso el comentario, lo pasé a mis publicaciones. Si te paseas x allí lo verás.
    Esa publicación forma parte de mi libro ¿Jugamos? y veo que, el tema da mucho de sí, sobre todo por los varios puntos a tocar sobre lo mismo.
    Me gustaría decirte algo y espero no te ofendas: “¡las personas mayores no tienen miedo por nada!”… lo sé por experiencia.
    Gracias x poderte leer. Un fuerte abrazo!

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    1. ¡No me ofendo! Se trata de dialogar. Aunque mi experiencia, me dice lo contrario, ya ves…que o están en una edad muy avanzada o sí pueden tener miedo, quizás porque no asumen la edad, a la muerte. Pero las experiencias son tan diversas como los individuos. Gracias Berta por comentar y leerme!!!!

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  3. Gracias por escribir sobre la vejez, Ana. Es el mejor momento para rediseñar una mejor manera de vivir tras la jubilación, cuando uno tiene más cosas que aportar que nunca. Como bien dices, “es necesario establecer el horizonte” hacia el que queremos ir.

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  4. Hola! Qué buen artículo sobre la vejez. La fotografía también es impactante: sobre todo para echar raíces en la casa, como lo hemos estado haciendo en cuarentena. Me gustó mucho el escrito porque siento que la vejez también debe verse como una etapa de la existencia humana, con sus propias características. Aunque no escribo en primera persona sobre el tema, sí me siento conectado al vivir en la cuarentena episodios de espera. Así me imaginé también una característica especial de la vejez: ese don de la espera. Me siento cómodo también frente a esa crítica al capitalismo y al mundo contemporáneo que de alguna manera omite la humanidad de la vejez. Por aquí comparto esta entrada que podría interesarte, así como a tus lectores: Elogio de la vejez, en tono de ensayo poético: https://julianbernalospina.com/2020/06/22/elogio-de-la-vejez/

    ¡Saludos!

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