Política y su escisión de la ética: ¿debemos asumirlo sin más?

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Nada me deja un regusto más agrio y amargo que el hecho de escuchar e intentar metabolizar las burdas palabras de esos individuos que, congregados en el supuesto parlamento del pueblo, se descentran de lo que es apremiante, vitalmente acuciante para los ciudadanos, y malbaratan el tiempo, que les hemos cedido remunerándolos, discutiendo sobre quién es más corrupto y deplorable. Mientras las personas soportan colas para recibir un lote de alimentos. Algunos acostumbrados por la penuria de la que no consiguen zafarse, otros acudiendo por primera vez, con un sentimiento de vergüenza como si la responsabilidad del duro lastre económico que está y va a dejar la maldita pandemia fuese responsabilidad suya.

Maquiavelo ya nos mostró que, de facto, la política se ha desnudado del traje ético que la engalanaba. Pero, sin considerarme ingenua, estoy convencida de que mientras el propósito de la política no sea ético -el bien común, por ejemplo- y se impongan los intereses económicos como fin ineludible, nada resultará de tertulias baratas de café de las que podrían prescindir, porque nadie -y creo que podemos afirmar esto con la contundencia que avala la experiencia- vela netamente por el interés general, sino por los intereses de partidos que son a su vez los de lobbies económicos de unos cuantos portentosos y adinerados.

Si las democracias no están a la altura de las circunstancias, y no lo están si observamos la cantidad de horas baldías y el mercadeo de votos y apoyos con los que todos juegan estratégicamente ¿Qué forma de gobierno nos queda? Es la sociedad civil la que, a menudo, atiende con premura las necesidades urgentes de otros ciudadanos, organizando de forma rápida y generosa, sin ninguna contraprestación ni lucro, bancos de alimentos, comedores sociales. Eso, que sería deseable, que el Estado pudiese hacer con la prontitud que la gravedad de las circunstancias requiere y que no es en absoluto capaz; ni tan siquiera de abonar las prestaciones de desempleo temporal o de paro, que a lo mejor harían posible que algunos de esos ciudadanos no precisasen de ese apoyo social alimentario. Un Estado que diciéndose democrático, quiere promover lo público no puede funcionar como una máquina gigantesca y pesada por una burocracia espesa, porque queda puesta en tela de juicio su capacidad de responder a las necesidades de los ciudadanos. Es, entonces, cuando coherentemente debería apoyar a esa iniciativa que surge de la sociedad civil -que algunos consideran privada erróneamente, pues hablamos de las que se generan con la voluntad solidaria de apoyar a quien no puede esperar para comer a que responda  el pesado engranaje de un Estado- para hacer más rápida, eficiente y viable su respuesta. Son representantes de pueblo, y la sociedad civil es el pueblo más aún cuando el propósito claro es prestar servicios gratuitos y de apoyo social a sus conciudadanos.

Desde aquí un agradecimiento a las asociaciones de vecinos, entidades que trabajan con la infancia en riesgo, iglesias de barrio que se convierten en el núcleo de apoyo social urgente de los ciudadanos -al margen de sus creencias- y otras organizaciones sin ánimo de lucro de las que tengo constancia directa de que sin su labor habría mucha gente mendigando comida por las calles.

En eso se debe centrar el dialogo político, señores, y en cómo controlar la pandemia de forma seria. No en una jaula de grillos que constituye la vergüenza de muchos países cuyas democracias son cada vez más débiles e ineficaces.

Y dejo muy claro que no quiero renunciar a mi libertad, ni mis derechos civiles y políticos, pero tampoco y mucho menos a que los políticos que viven del pueblo trabajen para él, no para su partido o esos fantasmagóricos manipuladores que velan por su interés egoísta.

Plural: 6 comentarios en “Política y su escisión de la ética: ¿debemos asumirlo sin más?”

  1. Atrapados en este tiempo acongojante, por si no fuera suficiente, hemos de asistir, atónitos, a ese mamporrerismo donde se entrecruzan vilezas y despropósitos que enrarecen el ambiente y lo enrabietan. El Parlamento, escenario de su falta de escrúpulos, parece una covacha de hienas salivando, exclusivamente, ante los futuros votos. Quizás el virus retroceda o se estanque, pero dudo que la toxicidad vertida por ese hatajo de inútiles y arrabaleros lo haga; le han cogido demasiado gusto a traficar con las anomalías. Triste y repugnante.

    Gracias por tu lúcida reflexión.

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