“El sentido de un final” J.Barnes.Ed.Anagrama, 2014. Reflexión sobre lo éticamente relevante.

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“(…) Empiezas a comprender que a la vida no le incumbe recompensar el mérito. (…) Vas descubriendo que a medida que los testigos de tu vida disminuyen, hay menos corroboración y, por consiguiente, menos certeza de lo que eres o has sido.”

Julian Barnes, El sentido de un final, Anagrama compactos 2014.Barcelona

Lidiamos, junto a Barnes, con la eterna cuestión del reconocimiento ético, a saber, por qué la vida se muestra indiferente ante la compensación de los que acumulan méritos —y se refiere el autor a la calidad moral en las acciones, no a la capacitación en el desempeño de una labor—. Personificamos la vida como si fuese un agente justiciero y divino enviado por Dios, lo cual nos hace incomprensible que el bien y el mal reciban el mismo trato, ya que la subsiguiente pregunta sería ¿si el mérito moral no está recompensado, ¿qué nos mueve a realizarlo? Cuando hacer el mal es más rentable y eficaz en muchas ocasiones. Seguramente la esperanza de que no puede haber una indiferencia ética cósmica.

Además de esta meritocracia ignorada, Barnes constata que el paso del   tiempo diluye nuestra identidad y, en consecuencia, la falta de certeza del tipo de individuo que hemos sido. Lo cual reincide, de nuevo, en el desmerecimiento de ser consecuente con los propios principios, en cuanto nadie acabará recordando quién eres o has sido.

“Hay acumulación. Hay responsabilidad. Y, más allá de ellas, hay desasosiego. Un gran desasosiego”

La desazón — proviene según Barnes  — de ver ninguneado el esfuerzo por ser personas de principios, y constatar la fluidez con la que el tiempo y la carencia de sentido ético arrasan con la esperanza de quien querría al final de sus días poseer algo auténtico.

Parece que no haya nada más estéril que rastrear el sentido del final en la virtud ética. A pesar de lo dicho, ser honesto y coherente con los propios valores es un acto que también atañe a los otros —se reconozca o no —, pero principalmente constituye el autorreferente del sujeto ético en cuanto su fin es la propia complicidad con la conciencia moral.

Barnes se lamenta del desprecio de esta elegancia moral porque espera que el sentido traspase las fronteras del propio individuo. Quizás, los sentidos se multiplican con los sujetos que los inquieren, y debería ser suficiente para considerar como un logro que la convicción de la coherencia moral puede dotar de significado una vida. Debería saborear ese triunfo quien crea en esa prioridad ética.

Al fin y al cabo, sería preocupante el exceso de necesidad del reconocimiento ajeno, ya que cabría, entonces, replantearse cuál es la voluntad de nuestro hacer ético. Lo cual, no obsta, para que la condición humana rebusque si, tras esta vida, nos aguarda una recompensa al mérito ético. Esta esperanza es a menudo inevitable, como ya constató Platón al argumentar que nuestra alma debía ser inmortal por razones éticas; o sea, para que el bien o el mal realizados en vida puedan recibir su reconocimiento divino y su compensación.

Dicho esto, resuena en mi mente la exigencia kantiana de actuar por deber, es decir conforme a lo que hace de una acción algo formalmente ético, al margen de su contenido material y, este es el fundamento: por la voluntad de querer el bien, nunca como medio para ulteriores fines, sino como fin en sí mismo. Si quebrantamos la transparencia de nuestra voluntad y utilizamos a los otros como medios y no como fines, sabemos que nuestra acción se aleja sustancialmente del querer ético. Entonces lo problemático que cada sujeto debe dirimir es cuál es el verdadero objeto de su voluntad: que su actuar sea en conciencia moral o que los otros crean vernos aparentemente como individuos morales.

Precisamente, Barnes se apercibe de que el ámbito de lo ético resta recluido en el autorreconocimiento de nuestra propia conciencia moral, ¿Es, en consecuencia, relevante obtener halagos ajenos en vida o recompensas tras la muerte, que en última instancia sea tal vez el final, o vivir con la paz de sabernos sujetos movidos por una voluntad buena?

Diría que el autor está planteando, a mi juicio, el problema ético más relevante que puede abordar un ser humano.

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