LA TRANSFIGURACIÓN

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En la oscuridad de una buhardilla con el techo entelado de minuciosas telarañas, Idoia me inquiría insidiosamente por el motivo que nos mantenía allí. Ella era simplemente una niña con su cabello negro y su tez aceitunada, que se obstinaba en comprender una situación compleja de explicar sin correr el riesgo de dañarla irreversiblemente. Yo contaba con diecisiete años, aunque mi bagaje vital fuese de tal intensidad que la edad cronológica resultaba insignificante. Me acercaba discretamente a la pequeña, la abrazada, recorría sus rizos estirándolos y observando cómo recuperaban su lugar natural. Procuraba darle, además de afecto, todo cuanto necesitaba para subsistir, aunque eso implicara dejarla a solas en ocasiones para poder conseguir víveres. Bajaba a la cocina, registraba los armarios, la nevera y todo cuanto con premura podía, y nerviosa y con miedo, mucho miedo, regresaba a nuestra guarida para contentar a Idoia con nuevas sorpresas que había adquirido.

Sin embargo, entendía que para ella esa forma de existir le resultara absurda, insoportable. Más aún si no lograba ninguna explicación verosímil, por mi parte, de por qué nuestra vida se había convertido en ese estar, sin ser nadie.

Me preguntaba por nuestros padres. Siempre respondía encogiendo los hombros, pero asegurándome de que le quedara claro que bajo ningún concepto debía salir de allí. ¿Por qué? Era su siguiente lamento.

Una mañana me desperté, entre la porquería que íbamos acumulando como si padeciésemos el síndrome de Diógenes y, tras restregarme los ojos para ubicarme de nuevo en la realidad, no vi a Idoia. La buhardilla tenía unos veinticinco metros cuadrados, era rectangular y, excepto por los objetos dispersos y a la vez amontonados que había, el espacio era visible de una sola mirada. A pesar de eso, registré entre los trastos por si alguna pesadilla la había obligado a esconderse. Nada. Me temí lo peor. Idoia había abandonado la buhardilla en busca de respuestas, supongo que harta de llevar una vida furtiva que la había expulsado de su infancia.

Sin demora, bajé del desván y con pálpitos que me entorpecían la respiración inicié la búsqueda. Duró poco, enseguida me topé con una escena paradójicamente desgarradora: Idoia entre saltos y carcajadas jugueteaba con quien creía que era nuestro padre. Al verme, me increpó expulsando ira y rabia por haberla mantenido encerrada en ese cuchitril, no sabía cuánto tiempo. Por mi parte, presa de pavor tan solo pude musitar con una voz resquebrajada: “No es lo que parece, Idoia”. Pero ella se volteó y le preguntó a nuestro padre por qué no nos habían buscado. Tras una expresión cínica y malévola, esa cosa respondió: “Sabíamos dónde estabais, y vosotras que la única condición que debíais cumplir era que no salir del escondrijo”. El rostro de Idoia empezó a palidecer. Le grité: “¡Corre, Idoia!”, pero no tuvo tiempo de reaccionar porque ese ser empezó a transformarse en una especie de monstruo con múltiples tentáculos de color marrón y apresó por el cuello a mi hermana. Yo, con la mayor cobardía de la que alguien puede hacer gala, hui aterrorizada para no contemplar la macabra escena que se avecinaba. Oí algún grito desgarrador de mi hermana, y tras ese sonido que se me clavó en el alma, silencio.

Desconozco la causa que provocó esa metamorfosis en mis padres para que dejaran de ser ellos. No sé ni entiendo lo sucedido. Tan solo que un día de hace mucho tiempo, y tras haber observado yo su trasmutación, nos obligó a permanecer en la buhardilla y a no bajar más que a por alimentos cuando ellos se ausentaran. No puedo dar más explicación de ese suceso tan extraño y trágico. Solo dejar mi testimonio, aquí, por si alguien lo lee. Voy a abandonar el desván y a correr la misma suerte que Idoia. Sin ella carece de sentido permanecer aquí, y la culpa por no haber intentado salvarla me carcome. Si tras esta catastrófica existencia hay algo más, espero reencontrarme con mi hermana y quién sabe si con mis auténticos padres, ya que tampoco sé qué fue de ellos. Si no hay más que polvo que se convierte en nada, también será mejor que esta farsa de vida.

Deseo que alguien llegue a encontrar esta nota. ¡Averigüen qué pasó!

Clara.

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