Desde el deterioro

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Mi mente se va convirtiendo progresivamente en un cementerio de ideas, conocimientos y montones de libros leídos. Mueren con el paso del tiempo y restan como parásitos de los que no puedo extraer provecho alguno. Como estuvieron en mi mente, creo que siguen allí pero ya inánimes. Es una necrópolis, una ciudad de muertos, que por el silencio producen en mí una espesura opaca e indiscernible. Me pesa ese vacío baldío que resuena continuamente haciendo explícita mis limitaciones, mis disfunciones cognitivas —que no solo se deben a la edad, porque aún no alcancé ni los sesenta—.

Nuestra mente se va llenando no solo de conocimientos o ideas, sino de un ingente rastro de experiencias que abarrotan ese espacio limitado que poseemos en la memoria, y la consecuente imposibilidad de recurrir a él porque, saturada de contenido, empieza a contener cadáveres que yacen ocupando espacio sin ser nada. Así, la mente carga con una vacuidad de la que tan solo extraemos esa sensación de incapacidad, de impotencia y nos vamos mermando como las ideas mismas.

Aquellos que han podido dedicar de forma privilegiada su infancia y juventud a forjar los cimientos indispensables para el cultivo de su intelecto mediante la lectura y el estudio, han acumulado menos experiencias que los que se han visto obligados por los avatares de la existencia a ir parando golpes —me viene a la mente el filme “Los 400 golpes” de François Roland Truffaut, parece ser que semi-autobiográfico—. El ejercicio de subsistir en condiciones muy desfavorables reporta beneficios, pero también secuelas del sufrimiento padecido. Sin duda alguna el arte es una forma de expresión del dolor, una especie de catarsis —como ya lo era la tragedia griega— que, nutrida por el padecimiento y las estrategias desarrolladas para superar ese padecer, puede ser una fuente de creatividad muy rica. Sin embargo, otras actividades que exigen dedicación intelectual se ven mermadas por la falta de tiempo vital para ilustrarse.

No pretendo, y deseo dejarlo explícito, establecer ninguna dicotomía entre nutrirse estudiando y estar sometido a la exigencia de sobrevivir. Las condiciones de vida ofrecen a los menos afortunados pequeños resquicios para colarse por donde nadie espera que se infiltren. Si puede desarrollarse al máximo, en ese lugar que no le pertenece al expulsado, es posible crear una síntesis beneficiosa de una nutrida experiencia, pensada y comprendida a posteriori para ilustrar que la existencia solo puede adquirir un sentido —el que sea— si el sujeto es capaz de trazar un relato, aunque no sea homogéneo, de cuanto vivió y de cuanto su esfuerzo por acceder a la cultura le permite reconstruir. Alcanzando así una explicación, no necesariamente justificación, de lo que aconteció; de esta forma, se supera el maniqueísmo que tiene de buscar malos y buenos, culpables y víctimas y nos convierte en individuos más abiertos, tolerantes y comprensivos con las propias dificultades y, esto es fundamental, también con las ajenas.

Me inhibo de utilizar el término resiliencia porque siendo añejo me exaspera que se use actualmente como una novedad, de la que además sacan partida los que no se han visto en condiciones extremas y muy duras, casi como un triunfo de ellos en el tratamiento de las personas que tanto han sufrido.

Llegará el día en que mis disfunciones cognitivas —cuya causa no viene al caso— no me permitan mantener un blog, escribir artículos y novelas; o participar en encuentros con escritores y filósofos. Y arribará el punto en el que tal vez no sea más que capaz de evadirme con series y películas y hasta la lectura de la novela más sencilla se me presente como un reto inasumible.

Mientras no se anule mi sensibilidad y capacidad de afecto e intercambio con los otros, valdrá la pena seguir viviendo.

Plural: 3 comentarios en “Desde el deterioro”

  1. Ana, me apena mucho saber lo que te pasa, si estoy entendiendo bien, debe ser difícil para ti, quiero desearte lo mejor, para ti y los tuyos.A veces la vida nos pone pruebas muy duras, de verdad lo siento. Ojalá estuviese en mis manos hacer algo, lo único que se me ocurre es incluirte en mis oraciones. He visto muchos milagros en mi vida, si existen. Dios te bendiga. Un abrazo fuerte.
    ¡Feliz Año Nuevo!
    Elvira

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  2. Querida Ana. Pese a las limitaciones que nos comentas, veo una coherencia y una lucidez en tus escritos que alejan su sombra. Tienes el valor de expresar lo que muchos sentimos, pero no encontramos las palabras adecuadas y los ejemplos necesarios para adentrarnos en la búsqueda del conocimiento.
    Entiendo tu situación, a mi también me cuesta cada vez más leer, memorizar. Me falta la motivación especial para leer, aquella que de joven te convertía en un devorador de libros, ahora soy devorado por mis propios silencios. No sé si es la edad, ya me queda pocos meses para los sesenta que mencionas, y las capacidades cognoscitivas van menguando, pero el devenir de estos últimos años no nos ha favorecido a ninguno.
    Un cálido abrazo.

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