Ficciones: el rito de paso de año.

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Era la madrugada de tránsito del año y, aunque no había seguido el ritual de comerse las doce uvas, la conciencia del paso del tiempo era nítida para X.  Merodeaba por su mente que la medición del tiempo es arbitraria, aunque esté obviamente sustentada en creencias antiguas y responda a una necesidad muy humana de habitar un espacio y un tiempo acotados y fantasiosamente comprensibles y, por ende, relativamente controlables. Aun así, había introyectado esas prácticas culturales y sentía una especie de novedad en todo su ser. Como si fuese a dibujar algo aún virgen y de él dependiese el curso de ese acontecer.

Los ritos marcan el sentido y el tiempo de la existencia, y por ello es casi imposible desprenderse de ellos. Podía no practicar, unos u otros, pero los llevaba incrustados hasta la médula.

En consecuencia, se sentó ante el horizonte de un año, ficticiamente, en blanco y no pudo abstenerse de soñar lo que deseaba con más ahínco que aconteciera. Pasaron por su mente anhelos personales, pero su vista se elevaba más allá llevándole a una posición global del mundo: era incapaz de terminar la lista e iba decayendo anímicamente conforme degustaba la imposibilidad de cuanto irrumpía en su mente.

Se vio enredado en el dilema de cómo podía desear para sí lo que algunos filósofos, desde antiguo, habían denominado bienes superiores si la mayoría de los humanos carecían de los bienes de subsistencia. Notaba cómo crepitaba en su alma la culpa, y habituado a la reflexión e indagación interior se propuso identificar de dónde procedían esos intensos y repetitivos chasquidos.

¿Qué puedo hacer yo? Una pregunta más realista que la kantiana, porque ya había experimentado que una cosa es el deber y otra el poder realizarlo. Empezó a sentirse mínimo, ínfimo y su decadencia anímica se agudizó hasta correr el riesgo de paralizarlo.

Mis acciones son una gota destinada a disolverse en un mundo tan complejo, mas luchar siempre por la dignidad de la existencia ajena es un acto tan elevado que por mucho que sea aislado, constituye mi acto y mis actos mi êthos. Si vamos colaborando unos con otros, sabiendo que la interdependencia no es suprimible ni deseable que así sea, en pro de esas condiciones mínimas para hacer de toda existencia algo deseable para quien la vive, iremos tejiendo una red de ayuda y apoyo que irá engrandeciéndose poco a poco. Empezando por los que nos rodean, vecinos de barrio, asociaciones que trabajan por cambios estructurales a largo plazo, no siendo indiferentes ante la pobreza de las calles, viendo indigentes a los que en lugar de esquivarlos les ofrezcamos un lugar de referencia donde puedan ayudarlos. Como dice aquel proverbio chino, mejor enseñar a pescar que darles un pez; aunque, a veces, también hay que sentarse en una mesa de un bar e invitarles a comer algo que aminore el hambre, y que simultáneamente genere confianza en las sugerencias que podemos hacerles para mejorar su situación.

No hay recompensa divina para el bien que podamos hacer a los otros; es cuestión de justicia y de criterios éticos. Moriremos y muy probablemente no seremos más que una bestia que se desintegra, al igual que otras, pero llegado el momento de partir la paz la proporciona la conciliación entre lo que hemos constatado como justo y lo que hemos hecho, esa coherencia con uno mismo. No es plausible que haya recompensas, y quizás abrazándome a Kant qué transparencia tendría una acción aparentemente buena que busca, no ese bien, sino un beneficio personal ulterior.

Agotado tras tantas disquisiciones, abandonó la ingenua esperanza sobre el tiempo yermo aún, que se abría ante todos. Ingirió una copa de güisqui de un trago, con el consiguiente ardor esofágico que le comportó, y decidió irse a dormir. Tal vez, después de recuperarse de tan intensa actividad mental, podría seguir con su vida. Haciendo lo que hasta ahora había hecho, sin plantearse nada que excediera su propia existencia. Esa era la actitud más hábil que la mayoría adoptaban y él no quería ser una mosca cojonera que fueran expulsando a patadas hasta quedarse solo en la cuneta. Así es que, se dijo así mismo el tópico “Feliz año nuevo” y desechó ese mal rato que había pasado como si hubiese sido un delirio, que debía guardar en secreto.

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