La vanidad y el menosprecio

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La vanidad y el engreimiento pueden desembocar en la más nefasta de las mediocridades. Si estos excesos narcisistas le acaecen a los que ya están entrados en años, padecerán menos las consecuencias porque quizás ya tocaron el techo de lo que podían dar de sí.

Ahora bien, cuando ves jóvenes que por halagos contingentes y fugaces se creen ser alguien que ya ha aportado algo al mundo, te invade la tristeza porque lo que observas es un potencial castrado. Todos vamos sumando desde el ámbito social o cultural granitos de arena a este mundo, y espero que sea lo mejor de cada uno. Mas atribuirse un mérito inexistente desde los inicios es verse enredado en la altanería más falaz y paralizante. Quien posee potencial en el campo del saber y el hacer, sea cual sea, o bien posee la conciencia nítida y honesta de todo cuanto le resta por aprender, o por el contrario se verá estancado en un ritual de admiración de sí mismo que le condenará a la mayor de las mediocridades.

Lo dicho podría resumirse en ese refrán que dice “ni tanto, ni tan calvo”, es decir ni el engreimiento que resulta ridículo, ni el menosprecio sistemático por exceso de humildad, que también roza la ridiculez.

Entiendo que aquello que subyace a tales actitudes es la creencia de que el éxito consiste en el agasajo de los otros, en el primer caso; y en el segundo en que el saber es tan inmenso que nunca se está a la altura de las circunstancias. Seguramente la actitud del petulante sea más castradora, y la del modesto exija un perfeccionismo excesivo que comporte mucha presión y sufrimiento.

Ojalá sepamos los que ya hemos tocado techo, facilitar el autoconocimiento en cada joven para que se ubique en el lugar más ajustado que le corresponde por el momento, a fin de que esa conciencia le sirva de estímulo para mejorar.

La vanidad, la jactancia y la soberbia son propias de los que se cansaron pronto de esforzarse. El menosprecio y la infravaloración describe a los que perciben el deseo como esa pasión destinada siempre a la insatisfacción -como sostuvo Schopenhauer- y tal extremo es una fuente de gran padecimiento, porque no se regocijan ni por un instante, en lo que han logrado, por mucho que sea cierto que les resta aún.

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