Lo ético y su relación con lo político.

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“Si la moral atiende exclusivamente a las acciones justas o injustas, y puede señalarse con exactitud los límites de su conducta a quien esté decidido a no cometer ninguna injusticia, la teoría del Estado, la teoría del Derecho, por el contrario, atiende únicamente a los padecimientos de la injusticia, y nunca se preocuparía de las acciones injustas si no fuera debido a su correlato siempre necesario, el padecimiento de la injusticia, que, por ser el enemigo al que se opone, es objeto de su atención. (…) al Estado no le preocupa para nada la voluntad y la intención como tales, sino únicamente el acto (ya sea realmente intentado o plenamente ejecutado) debido a su correlato: el padecimiento de la otra parte.”

Schopenhauer, A. El mundo como voluntad y representación. Vol. I. L. IV. 406-407. Editorial Gredos.

El fragmento seleccionado del filósofo alemán mantiene hoy una vigencia extraordinaria. A pesar de ser calificado del mayor pesimista de su tiempo, en un momento en el que quizás las tendencias filosóficas no le favorecían, es imprescindible destacar que fue su habilidad para observar y analizar el mundo, y el cómo los humanos lo habitan, lo que lo convirtió en un pensador imprescindible. Su aprehensión de qué mueve al humano, qué lo domina y cómo liberarse de cierto servilismo de sí mismo, le permitió acuñar pensamientos y conceptos que sería después claves para el pensamiento inicial de Nietzsche y posteriormente de Freud -por citar a alguno de los grandes del pensamiento, reconocidos-

 El texto establece la distinción entre la ética[1] y la política, junto a los límites de una y otra. Entiende que a la ética le atañe la distinción entre justicia e injusticia, mientras que al Derecho solo las consecuencias de la acción -supuestamente injusta-. Y esto porque Schopenhauer argumentará que, dado que lo único observable como fenómeno es lo injusto, ya que acarrea padecimiento a los otros, a consecuencia de imponer la propia voluntad al otro e inhibir la ajena, la ética reflexiona sobre la voluntad y la forma de ejercerla. Así, siempre que la voluntad de uno entra en lucha con la del otro, y esta segunda se siente agredida y anulada, se ha cometido una injusticia. Solo, entonces, negando lo injusto podremos percibir que es lo justo, y el sujeto pasivo está moralmente legitimado a defenderse sin que su acción sea cual sea pueda ser calificada de injusta. Al contrario, lo justo es la negación de lo injusto, y una acción justa puede equivaler en consecuencia a la negación de la negación sufrida por una voluntad ajena. Esto que puede parecer un galimatías es bien sencillo: si X me impone su voluntad de satisfacer sus deseos a costa de negar la posibilidad de que yo satisfaga los míos, estoy legitimado a defenderme, y mi acción es moralmente justa —aunque para ello use la violencia o la astucia, como afirma Schopenhauer—

La ética analiza pues la intención y la voluntad de quien ejerce la acción, que siempre tiene consecuencias de mayor o menor sufrimiento para el otro. Pero fijémonos que, aunque pudiésemos percibir alguna reminiscencia kantiana, que las hay, el objeto inseparable de la voluntad para Schopenhauer es el deseo, cuya insatisfacción infinita hace imposible el cese de la lucha entre voluntades. Esta concepción se aleja del formalismo kantiano, y se aproxima a un fenomenismo que prevalece en la reflexión ética.

Y es aquí, donde el pensador de la voluntad, que es deseo de vivir, motivo por el que anhela siempre la satisfacción del deseo para huir del dolor, haciendo referencia a Hobbes – no en este fragmento, pero sí previamente en su obra magna- ve la necesidad de llegar a un cierto pacto social por el que el Estado o el Derecho se ocupen de lidiar con el conflicto de deseos. Por ello, la política se ocupa de las consecuencias de las injusticias que tienen siempre como correlato, afirma, el padecimiento ajeno. Asevera que lo político no se ocupa de la voluntad y la intención, objeto de la ética, sino de las consecuencias que dañan.

Hay, hasta aquí, un supuesto que sostiene Schopenhauer y es que lo que genera sufrimiento son las consecuencias de las acciones injustas, mas ¿no podría ocurrir que de una acción justa moralmente se derivaran acciones dañinas para los otros? Nos hallaríamos aquí con la gran paradoja y escisión que la modernidad ha hecho de lo ético y lo político, porque para este último si la acción causa padecimiento es injusta siempre, ya que prescinde de la voluntad y de la intención; mientras que, ¿y si ocurriera que de una acción carente de voluntad de imponerse a otras se derivaran acciones dañinas? ¿podríamos decir que la acción es moralmente injusta? Esta contingencia no es concebible para Schopenhauer ya que precisamente cree que el origen del Estado está en el egoísmo de esas voluntades individuales, que, sin objetividad pura, no pueden dirimir que la satisfacción de los deseos de unos no choque frontalmente contra la de los otros. Así, no pudiendo presuponer la moralidad pura el Estado se hace necesario por el egoísmo, sino sería superfluo. Por su parte Kant, entiende que el origen del derecho es luchar contra el egoísmo y se erige, según la apreciación del propio Schopenhauer, en un garante de la moralidad. Cuestión que a él se le antoja una confusión, ya que no puede identificarse de ninguna manera la intención o voluntad del individuo.

Esta discrepancia mostrada, según la lectura que Schopenhauer hizo de Kant, es relevante para nosotros hoy. De entrada, porque si nos atenemos a la praxis la fractura entre lo legal y lo moral es obvia. Sin embargo, no acabamos de acatar esta escisión, ni en la acción política que en vistas al interés general recurra a medios injustos, ni en la aplicación de las leyes mismas, que teniendo poco en cuenta la casuística particular, dicta sentencias que despiertan rabia e ira por escasas, blandas e injustas. Esto, porque en el fondo subyace la idea de que la ley castiga y sus instrumentos no rehabilitan.

La reivindicación de una aproximación más clara entre lo ético y lo político se evidencia más nítidamente con relación a las decisiones y acciones prioritarias que, de facto, ejecutan los gobiernos -no a las que habían declarado-.

Esta situación en la que no es nada fácil ponderar un cierto equilibrio, que nos ha sugerido el fragmento de Schopenhauer, se nos presenta, paradójicamente, en sociedades en las que la diversidad cultural y, por ende, moral -con un fuerte grado de subjetivismo- dificulta un acuerdo sobre los mínimos éticos por lo que debe velar el Estado, si es que los hubiere. Asimismo, sobre la moralidad de los mismos representantes democráticos.

No obstante, lo que sí es constatable es que la supuesta escisión moderna entre lo ético y lo político -al haber acotado sus límites- no deja satisfecho a nadie, ya que a menudo se dan situaciones en que grupos sociales se manifiestan y protestan más derechos morales que no tienen validez jurídica, pero que desearían que la tuvieran. Entiendo que un ejemplo paradigmático de esta contradicción interna es la Declaración Universal de los Derechos humanos, que no son más que declaraciones de intenciones de orden ético que pocas constituciones, o ninguna, recogen en su totalidad como derechos legales, y que curiosamente son objeto de reclamo por parte de la ciudadanía.


[1] Aunque en el texto se use el termino moral, entendemos que como rigurosamente no son sinónimos, la acepción más adecuada en el contexto del fragmento es la de ética.

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