«La matanza de Texas», y no es una película.

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Las matanzas arbitrarias y masivas que se suceden, principalmente en EE. UU., acaban convirtiéndose en tragedias personales y familiares de las que la sociedad americana se olvida, hasta la siguiente. La última siempre provoca la ira impotente de las víctimas y de parte de la sociedad contra el lobby de las armas. Hasta el gobierno estadounidense es impotente, quizás porque le interesa, ante este grupo intocable que da como respuesta armar a las escuelas para que puedan defenderse. Vaya, supongo que añoranza de lo que nosotros denominamos el salvaje oeste.

El último suceso, que bien podríamos denominar la matanza de Texas, parece haber sido perpetrado por un chico que recién cumplida la mayoría de edad adquirió un par de armas, sin ningún impedimento y legalmente, para escribir uno de los episodios más trágicos de esta naturaleza[1]. Eso sí, antes de pasar a la acción lo comunicó por Facebook con la esperanza, supongo, de darle veracidad virtual a lo que ya es difícil distinguir de lo real.

El debate se ha vuelto a abrir y divide a la sociedad estadounidense que ve, con un prisma estrecho, que la solución es prohibir la compraventa libre de armas. Y, por supuesto, no cabe duda de que en una supuesta sociedad democrática y civilizada la legalidad debe proteger los derechos de los ciudadanos, y la vida se superpone prioritariamente a la libertad o al deseo caprichoso de poseer un arma.

Sin embargo, aunque seguro que hay reflexiones al respecto, raramente nos llegan planteamientos que atajen la raíz de la cuestión: en primer lugar ¿por qué hay tantos jóvenes -así es normalmente- que en un momento de impulsividad incontrolable sienten la necesidad de vengarse contra la sociedad de una manera tan salvaje? Es evidente que algo pasa en la mente del verdugo que, sin freno, arremete contra una institución o un centro masivo de personas para lograr matar, a cuantas más mejor. Debería analizarse el perfil de estos jóvenes que seguramente fruto de un sufrimiento insoportable sienten la necesidad de dañar sin escrúpulos a la sociedad que creen es la culpable del intenso dolor que llevan padeciendo. La aseveración de que se vuelven locos y es algo excepcional, es una excusa. Sino que se lo digan a los padres y madres, familiares de las víctimas, que sin tener responsabilidad directa sobre este acontecer han visto como se ha cercenado la vida de niños, de jóvenes y de madres y padres de familia. ¿Por qué?

Habría que reclamar un análisis y una explicación rigurosa y seria que, junto al control de venta de armas, permita cambiar esos factores que predisponen a los verdugos de las matanzas, a lo mejor víctimas durante años, a evitar que lleguen a esas situaciones extremas. Velar por la salud mental de los ciudadanos, que en EE. UU. exigiría disponer de un servicio de salud universal y atender los problemas sanitarios de la ciudadanía, al margen de su poder adquisitivo. Algo que, por cierto, parece también impensable.

Visto lo expuesto, será muy difícil prohibir que cada ciudadano disponga de armas a su antojo, que se universalice la sanidad y que, en consecuencia, pueda ser atendida la salud mental de las personas que antes de cometer esas atrocidades ya han presentado síntomas claros de que algo no iba bien.

Deberíamos tener en cuenta, también, de dónde procede esa cultura armamentística individual que concibe imprescindible que cada ciudadano que quiera tenga acceso libre a las armas. Hay un dato curioso, que tal vez porque estamos acostumbrados nos pasa desapercibido y es que, en la mayoría de las películas de producción norteamericana se suceden hechos tan cotidianamente surrealistas que cuando estamos inmersos en ellas nos preguntamos, pero ¿no tiene un arma? Y es que, si la vida allí es ese sinvivir que por múltiples factores refleja la ficción, se puede llegar a entender la necesidad de estar armado. Ahora bien ¿Es esa inseguridad que se evidencia continuamente mediante la ficción tan real, o es una manera de convencer a los norteamericanos de la necesidad de poseer un rifle o una pistola?

Sea como fuere, la sociedad norteamericana tiene en esta cuestión un problema grave a resolver, que habría que abordar con la complejidad que implica, y que el gobierno tuviese la potestad -ya que en otros temas hace lo que le da la gana- de frenar los intereses de ese lobby, al que nada le importan las víctimas ni las masacres. Echar tierra por encima y que el tiempo pase, calma los ánimos. O es que ¿el gobierno tiene beneficios particulares del susodicho lobby?

Lo que parece claro es que se pasó del sueño americano de hace décadas a la pesadilla de ser norteamericano, en muchos sentidos. Es una sociedad con multitud de conflictos internos a los que no da respuesta ni solución, y al final ya sabemos que eso acaba explotando, no solo a los inocentes, sino en la cara del que se creía más listo. Así sea.


[1] https://www.lavanguardia.com/internacional/20220525/8293632/tiroteo-matanza-texas-estados-unidos-uvalde-escuela-ultima-hora-noticias-directo.html

Plural: 4 comentarios en “«La matanza de Texas», y no es una película.”

  1. Estos episodios de violencia suceden por la conjunción de dos procesos que deberían impedirse, a saber armas y un fuerte resentimiento contra los «culpables» de su exclusión, en su ciego deseo de venganza contra la sociedad no buscan a sus torturadores sino a aquellos que representan en su mente como los culpables ( hombre de color, gay, latinos) el fácil acceso a las armas es la segunda parte del guiso homicida, mientras el campo de la salud mental y emocional se vea olvidado esas armas encontraran quien las esgrima para lavar los agravios ( los reales, los imaginarios)…besos al vacío desde el vacío

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