¿Hay años malditos?

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Tengo la dantesca impresión de que llevamos años cerrando el ciclo con el apelativo “para olvidar”. Y no hablo a título personal, que eso son contingencias particulares, sino creo dar voz a eso que llamamos mundo.

Lo más deplorable es que no asumimos la responsabilidad que tenemos en hacer de estos tiempos algo intransitable. Nos expresamos como si una mala racha estuviera asolándonos y cancelamos un año con la esperanza de que el siguiente sea mejor. Esto pasó con los dos años, aproximadamente, que duró oficialmente la pandemia, conformándonos con una falta de información y una desinformación premeditada para manipular la conducta de masas. Algunos responsables de la OMS, las industrias farmacéuticas tienen una deuda democrática con el mundo. Para más información o formación recomiendo el libro de Jordi Pigem[1].

Tras el covid19, como quien no quiere la cosa, estalla la guerra de Ucrania, la cual no sé muy bien cómo denominar: ¿la invasión de Ucrania por parte de Rusia? ¿la respuesta rusa a la provocación de la OTAN que estaba latente desde hace años y acabó por estallar? La información e interpretación que recibimos por parte de diferentes medios es tan dispar que a una de le obtura el cerebro. Escuchad algunas cadenas de Latinoamérica y la versión que dan de los hechos, la versión Europa- EE. UU. y por supuesto la propia rusia -de la cual es difícil fiarse, pero cómo sabemos que las otras son más fiables y no nos inoculan el relato que puede formatear nuestra mente para sus intereses. De este conflicto armado solo tenemos una idea somera del número de víctimas -sean del bando que sean- y ni ellas tienen ya voz, ni tampoco sus familias. Como siempre ocurre a los individuos nos utilizan como peones sin valor que van a matar y a destruir al “enemigo”, sin que el mismo pueblo haya tenido la oportunidad si quería iniciar o no ese conflicto armado. Así ha sido toda la historia, lo cual no significa que tenga que seguir siendo así. Si no queremos guerras levantémonos todos contra los gobiernos que las deciden y no pisarán nunca ese atroz e inhumano campo de batalla.

Lo expuesto no ha sido más que un recopilatorio muy significativo de dos acontecimientos actuales, que nos llevan a dar con la puerta en las narices a cada año, como si hubiesen sido maldiciones divinas que hemos tenido que padecer sin que haya responsables con nombres y apellidos.

Es decir, podemos seguir haciéndonos las víctimas de un acontecer que no depende de nosotros, pero eso no es más que un fingimiento hipócrita que en el fondo sabemos que no es así. Cierto que cada individuo aislado siente una impotencia inmensa, y así es; sin embargo, que los individuos, ciudadanos o pueblos puedan rebelarse contra decisiones con las que no comulgan es legítimo y, tal vez, lo único que está en nuestras manos. La pandemia pasó, al menos en occidente por el momento, ahora tenemos la oportunidad de reclamar multitudinariamente la “verdad” de lo ocurrido. La guerra en Ucrania puede tener muchas razones ocultas, pero vuelve a estar en nuestras manos levantarnos masivamente para exigir que se llegue a un a cuerdo de paz, antes que más humanos de uno y otro bando sigan padeciendo ese infierno.

¿Qué será lo próximo con lo que nos van a sorprender el año que viene? A parte de la crisis económica profunda en la que están casi todos los países y las consecuencias que tienen en cada individuo en su vida cotidiana -muchos no les llega para comer, sumados a los que ya no podían satisfacer esa necesidad que se está convirtiendo en un privilegio-.

Analizando la diversidad de situaciones que se han dado en la última década, por no irnos muy lejos, son la consecuencia de acciones y decisiones humanas de los que ostenta el poder de facto, que ya sabemos que no son los Estados. Los años no son malditos de per se, sino el periodo de tiempo en el que recogemos los nefastos efectos de la ambición, el egoísmo y el desprecio de la vida humana. Hasta muchas de las catástrofes naturales acontecidas en los últimos años, según los expertos, son las devastadoras consecuencias de nuestra pisada despiadada por el planeta.

Los años no son susceptibles de ser olvidados o no; sino los propios humanos, la minoría que maneja al resto son los que no deben ser olvidados, y que algún día puedan pasar cuentas de la misma manera que lo hicieron algunos criminales de guerra. Porque hay muchas formas de genocidio y la sofisticación de las tecnologías y las estrategias subterráneas que se utilizan hoy en día no reducen un ápice las masacres que se producen por hambrunas, faltas de medicamentos y asistencia médica, guerras que son de algunos, un capitalismo feroz que encumbra a unos y hunde en el abismo a muchos. Eso sí, todo a su debido tiempo y en su momento estratégico.

Para finalizar una cuestión ¿no resulta paradójico que con la cantidad de personas que mueren al año por falta de medios de subsistencia, estemos desarrollando robots con apariencia humana que pueden sustituir a los humanos? Si lo que hay es un problema de superpoblación ¿no deberíamos usar esos recursos económicos en repartir con más equidad los medios que permitan como mínimo subsistir a los humanos de carne y hueso que ya están en nuestro mundo? Eso no es un problema ni una prioridad para los que ya preparan viajes turísticos a Marte.

Entiendo, y conmigo supongo que muchos, que hay una descompensación en el reparto de la riqueza que vienen de muy lejos, pero que bajo otras formas políticamente correctas siguen operando las ambiciones imperialistas y de expolio de los países que han estado sometidos desde hace siglos. Ese es el gran problema, año tras año. No que haya años malditos.


[1] Pigem. Jordi. Pandemia y posverdad. Ed. Fragmenta.

NOTA: En el concepto de tiempo, que utilizamos ordinariamente, hay una serie de punto de inflexión: los días, las semanas, los meses, los años. Esto responde a una concepción lineal en la que necesitamos establecer una especie de ritos de renovación, como si al cambiar el año cuanto ha venido sucediendo quedase atrás y no fuese, lo que es, una continuidad.

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