El pensamiento debe encarnarse en la experiencia y ser, en cuanto encarnado. Sin esta imbricación las ideas vuelan como absolutos nunca alcanzables y se produce esa escisión, que tanto daño ha causado, entre la razón y el sentir. Por ser materialidad, cuerpos inteligentes y sintientes, disociar una potencia y la otra nos desgarra, nos devasta y existimos siempre luchando contra nosotros mismos.
Lo dicho, sin embargo, no es ninguna verdad absoluta – ¿alguien tiene alguna, más allá de que todos pereceremos? -. Emerge de un contraste de perspectivas posibles, y de una síntesis conjugada con la propia experiencia. Así, pues, no hay posibilidad de vivir, con la relativa plenitud que nos permite nuestra condición, que siendo uno-todo deja de luchar contra sí mismo, procura conocerse, comprenderse y aceptarse. Esta conciencia aumentará nuestro poder, ya que estando arraigados en nosotros mismos y, por ende, fluyendo con los otros, aprenderemos a ser corporalidad -uno/todo- que se desarrolla, padece y goza desde la materialidad que nos delimita.
