Las generalizaciones siempre son fallidas. El enunciado que afirma que todo A es B, tiene un uso ordinario habitual, pero está siempre sujeto a su falsación. De ahí que, debamos ser cautos con las generalizaciones que son formuladas a la ligera y que la realidad desmiente tarde o temprano.
Un caso concreto, en el que a menudo utilizamos este tipo de enunciados fallidos, es la percepción que de una generación de jóvenes tiene de otra adulta. La generación adulta tiende a hacer generalizaciones de los jóvenes, muchas veces negativas, que siempre quedan cuestionadas ante individuos jóvenes que no cumplen para nada el calificativo que se les ha endosado. Lo que queda evidenciado en estas situaciones son los prejuicios y la dificultad de comprender por parte de los adultos a las nuevas generaciones que se han forjado en contextos distintos, viven y maduran en su propio mundo, que ya no es el anterior, y construyen su visión de la vida y del mundo que les ha tocado habitar.
Las brechas generacionales dificultan las relaciones entre unos y otros, y no ayudan a los jóvenes a valorar sus potencialidades y sus posibilidades de forjar un futuro distinto que pueda ser mejor. Ciertamente, los adultos tendemos a ver a los jóvenes menos capaces, más inmaduros y, tal vez, no nos apercibimos de que las capacidades que nosotros hemos facilitado que desarrollen son unas muy distintas a las que ahora les exigimos que demuestren, y que tal vez necesitan en menor medida que nosotros.
Los jóvenes viven, y es una destreza necesaria saber hacerlo, en la incertidumbre, ese es el suelo de arenas movedizas que pisan y su perspectiva inmediatista es quizás uno de los mejores recursos que poseen. De lo contrario, la generación actual, que vive en un nihilismo que amenaza continuamente con la destrucción de todo y la nada más radical para los humanos, se vería atrapada por los nefastos augurios que sobrevuelan y seguramente se quedarían paralizados. Vivir en el presente -que ya es bastante difícil, hoy- es el único resorte que tienen para continuar buscando una forma de vida, ya no que les satisfaga, sino que les permita subsistir.
De esta forma, enjuiciar a una generación a la que dejamos un mundo lleno de interrogantes sustanciales, es una manera subrepticia de eximirnos de la responsabilidad que, como generación que les precede, tenemos. Que son superficiales y banales, que no se esfuerzan, que no poseen ningún valor moral ya que parece que todo vale, y que como contrapunto hay jóvenes radicalizados en fundamentalismos del tipo que sean, es un diagnóstico que pretende cederles la responsabilidad que no les corresponde y que solo los adultos y mayores de hoy les hemos dejado en herencia.
Así que, menos mal, que orientan su mirada al presente intentando salir indemnes y, en el mejor de los casos, paliar las carencias del mundo heredado, porque de lo contrario desistirían de asumir una existencia que para la mayoría es desesperanzadora y se inhibirían para dejar en fuera de juego a la generación que los trajo al mundo.
Carpe diem mientras se pueda, sabiendo que aprovechar y disfrutar el presente no es irse de fiesta continuamente, sino sacar todo el jugo que puedan a la vida para degustar lo más nutrido que ésta puede darnos: conocer, entender, amar, disfrutar del placer, y darnos unos a otros lo que solo podemos recibir de otro humano, que incluye lo anterior y derivados.
El relevo generacional se está produciendo, siempre está en marcha de alguna manera, pero el que ahora tiene lugar deslegitima a la generación anterior a opinar sobre lo que los jóvenes hagan o no, porque viendo el «marrón» que les hemos dejado lo mejor que podemos hacer es callar.
