Hay paisajes que nos sugieren que la vida es sencilla, calmada, simple; mientras nuestra experiencia se opone a lo anterior contundentemente: la vida es un zigzagueo que reseguimos con coraje y miedo porque sentimos el aguijón de un dolor indescriptible y casi, cuando está desvaneciéndose, una liberación de plenitud. Entre ambos, el tedio, el aborrecimiento de la monotonía. De ahí que, con los años apreciemos que no hay aburrimiento ni hastío, sino ese saber disfrutar de la sencillez de cuanto hay, y de cuantos están con nosotros. Amar, contemplar, disfrutar sin accesorios sofisticados, y hacer de nuestro entorno -el entramado de relaciones y vínculos en los que nos balanceamos- un lugar habitable para todos.
