Hechos y emociones.

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El odio es un sentimiento y como tal no necesariamente se corresponde con hechos, sino con la experiencia propia de ellos. Cualquier emoción contraria opera de igual forma, manifiesta la vivencia de eso que llamamos “hechos” y que en realidad nunca son en sí mismos para el humano.

Así, cuando discutimos con otro, estamos gastando esfuerzos en vano, ya que las emociones no son discutibles; y aunque nos parezca estar discrepando sobre hechos, en realidad confrontamos la vivencia de esos estímulos externos que denominamos sucesos o hechos. Es cierto que, cuando el diálogo es imposible porque las emociones dolorosas y agresivas se intensifican se puede estar produciendo una excesiva distorsión de lo acontecido en el que lo emocional acaba negando el supuesto hecho y reconstruyéndolo de manera delirante.

Entonces solo queda esperar a que la magnitud emocional pierda fuerza y, desde cierta tranquilidad, se puedan expresar las propias emociones y aceptar que no necesariamente se corresponde con la intención del otro.

No puede volver a darse el encuentro si no ponderamos la voluntad del decir o actuar ajeno. Aquí, aunque pueda pesar, la idea kantiana de que la buena voluntad puede ser patosa pero eminentemente buena, debe prevalecer porque tal vez no haya otra manera de alcanzar la reconciliación.

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