Me resultaría absurdo soltar una retahíla de argumentos que intentasen justificar la realidad del cambio climático por la injerencia depredadora del humano en la naturaleza. Eso lo dejo para los científicos, que son los que en ese ámbito barajan datos, los interpretan, y sacan sus conclusiones. Lo que sí creo necesario es que esa expresión de “no creo en el cambio climático” no tiene sentido. Las frases famosas del M. Rajoy ya advirtieron que “nadie sabe por qué llueve”; debía estar informado por su primo físico, quien a su vez negaba el cambio climático.
Bien pues, hay asuntos que no constituyen creencias, sino que a lo largo de los años la ciencia -que no es ningún dios, dicho sea de paso- ha investigado, recopilado una base empírica, a partir de la cual ha establecido conexiones, comparaciones y ha llegado a constatar algo que está sucediendo, aunque no podamos “señalarlo con el dedo”. Sería como decir que no creemos en la ley de la gravedad porque, propiamente no la vemos, solo podemos observar fenómenos que la muestran. Así, aunque apoyo una actitud crítica antes de aceptar hipótesis científicas, en último término o somos especialistas en ese ámbito del saber -imposible serlo en muchos y casi en más de uno- o debemos asumir que, una vez la comunidad científica avala la teoría de que se está produciendo un cambio climático acelerado con consecuencias devastadoras, es veraz y hay que actuar en consecuencia, principalmente los estados, ya que los ciudadanos contribuimos en un tanto por ciento bastantes escaso en ese desastre, y es la forma de vida con todo lo que implica la causa fundamental. Aclaro que por forma de vida entiendo la que nos viene impuesta cultural y políticamente, no la que como ermitaños decidimos.
Por lo tanto, hay cuestiones que solo pueden ser creencias y otras deben ser considerados conocimientos científicos, y no elegibles o desechados. Ha sido esta era de la posverdad la que nos ha llevado a desconfiar de todo, inclusive de aquello que la ciencia y la tecnología dan por válido, bajo la sospecha de que la manipulación de los poderes fácticos se lleva a cabo sin escrúpulo alguno y, por ende, sería creíble -esto sí- que se esté dando por válido un relato científico con la voluntad de domeñarnos y hacernos actuar de determinada manera. Algo parecido pasó con la pandemia del covid-19. Negar su existencia es posible pero poco verosímil, aunque sí lo es sostener bajo sospecha la causa de esta. Aquí quiero referirme a un ensayo de Jordi Pigem, que me parece ilustrativo y documentado, titulado “Pandemia y posverdad” Ed Fragmenta, por si alguien siente curiosidad. Tras su lectura y en conversación con él se generó en mí la duda plausible de que la causa no fuese un animalucho de un mercado chino.
Las teorías son un conocimiento válido hasta que no se encuentra una nueva que la sustituye por ser más explicativa, más profunda y completa, de una serie de fenómenos. ¿Sería descabellado que una empresa farmacéutica o una sociedad científica intentase imponer un relato distorsionado para obtener más rédito económico de él? Si algo hemos aprendido del esperpento de Trump es que nada es inverosímil.
En consecuencia, dejemos de simplificar asuntos complejos apoyándonos en la falsa idea de que todas las opiniones valen lo mismo, porque hay cuestiones de no son opináticas y sí teorías científicas consensuadas y validadas -aunque estas pueden variar por nuevos descubrimientos o perspectivas-. No seré yo quien le discutiré a un astrónomo el porqué llueve, ni si el cambio climático es o no una realidad. Sí puedo cuestionar o dialogar sobre otras cuestiones: si hay dios, si la democracia es algo más que una formalidad, cuál debería ser el código deontológico de determinadas profesiones, si la moral debería ser universal -obviamente, no lo es-, ….un sinfín de asuntos que son dialogales horizontalmente, y que no exigen de años de investigación meticulosa y sistemática según un método consensuado como es el caso de las ciencias de la naturaleza.
Opinemos con criterio, no porque tenemos boca y podemos hablar. Cuestionemos aquello que estamos en condiciones de cuestionar, pero dejemos de embarrar absolutamente todo, situando un rasero de igualdad de cualquier cuestión, cuando las hay de rango diferente, en cuanto se requiere una serie de conocimientos para entrar en diálogo sobre determinados asuntos o fenómenos.[1]
[1] Tampoco sería de recibo discutir a un oncólogo las posibles causas del cáncer ni los tratamientos adecuados, por supuesto por parte de quien no se dedica a la oncología.
