Escrito inspirado en cierto modo en el artículo de Ricardo Espinoza Lolas.
https://www.lemondediplomatique.cl/nosotros-los-libros-por-ricardo-espinoza-lolas.html
“Llamaré demoniaca a esa inquietud innata, y esencial a todo hombre, que lo separa de sí mismo y lo arrastra hacia lo infinito. Hacia lo elemental. Es como si la Naturaleza hubiese dejado una porción de aquel caos primitivo dentro de cada alma y esa parte quisiera apasionadamente volver al elemento de donde salió: a lo ultramundano, a lo abstracto. El demonio es, en nosotros, es fermento atormentador y convulso que empuja al ser, por lo demás tranquilo, hacia todo lo peligroso, hacia el exceso, al éxtasis, a la renunciación y hasta a la anulación de sí mismo.”
“(…) en el artista, esa lucha heroica y grandiosa se hace visible, por decirlo así, en él y en sus obras; y, de su sentimiento que crea, está viva y palpitante, llena de cálido aliento, la sensual vibración de esa noche de bodas de su alma con el eterno seductor. Sólo al que crea algo les es dado trasladar esa lucha demoníaca desde los oscuros repliegues de su sentimiento a la luz del día, al idioma (…)”[1]
En este par de fragmentos escogidos, Zweig nos acerca poética y magistralmente a lo que distingue un genio de otro humano. La relación con su parte demoniaca es la que les permite a los humanos extraordinarios una creación única e incomparable con otras. Su ímpetu por generar y experimentar con coraje y valor estados que otros intentan frenar, revierte en una experiencia excepcional y peligrosa con la que el genio lucha, lidia y que acaba trasluciéndose en una cierta luz que nos proporciona el lenguaje.
En concreto, en esta obra está refiriéndose a tres poetas -alguno diríamos filo-poetas- cuya obra considera que solo es posible mediante esa noche de bodas con el demonio. Dicho, en otros términos, lo excelso y genial surge de experiencias y luchas dolorosas en las que también se vislumbra una luz; algo así como una tensión entre lo dionisiaco y la presencia de lo apolíneo: del dios de la vida, la pasión, y la alegría y el dios de la luz, el equilibrio. Es Apolo quien nos imprime el lenguaje en el caos dionisíaco -en lo que Zweig denomina el demonio- y esto para que el éxtasis y esa experiencia propia de los genios pueda ser transmitida de alguna manera al resto. Nadie asumirá que es lo mismo la experiencia vívida del poeta que lo que escribe, pero es precisamente esa pluma que sabe mostrar como traslúcido, al menos, una experiencia necesaria y previa para la creación excepcional.
Entiendo que otro que reescriba un libro semejante al escrito por Zweig, podría sin duda incluirlo a él y escudriñar qué experiencia y qué limite cruzó este artista del ensayo, la prosa poética, para ser capaz de crear como si se hubiese debatido largo tiempo contra su propio demonio.
Sabiendo que todos tenemos ese resto demoníaco, la mayoría desconocemos cómo luchar contra él más que metiéndolo bajo la alfombra y esperar a que pierda fuerza. Carecemos de una forma de creación artística que no permita disfrutar de esa contienda de la que el genio extrae vivencias supremas, y ni la pintura, la literatura o cierta filosofía nos permiten gritar a los cuatro vientos que hemos visto de frente nuestro demonio. Sí es cierto que, leer a los autores que lo han logrado nos aproxima, gracias a su arte, a lo que debe ser una experiencia de autenticidad semejante, y sentimos admiración por ese valor de sucumbir al dolor para rebrotar con más conciencia del vivir alegremente.
Esta lectura, para los que estéis interesados, lleva a ese viaje excepcional a todos los que solo podemos acceder mediante la creación de otro.
[1] Zweig, S. La lucha contra el demonio (Hölderlin, Kleist, Nietzsche. Ed Acantilado. 1999 Barcelona. Undécima reimpresión 2024. pg.
