La crisis de destrozar a Nietzsche en cuatro horas.

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Recordaba, hace un rato, ese momento hacia final de curso en el que debía introducir a los alumnos en el pensamiento de Nietzsche. Antes de nada, hay que aclarar que el tiempo con el que contábamos era muy escaso, y que Nietzsche formaba parte del temario de la prueba de acceso a la Universidad, en el marco de la asignatura de Historia de la Filosofía.

Esto último, para mí, no ha sido un inconveniente porque he sostenido que para introducirse a la Filosofía debe hacerse mediante una cierta Historia de ésta. Lo que ocurre es que hay muchas historias y diversas formas de entenderlas. No era neutro el listado de autores que se seleccionaba para las PAU, ni los textos que de cada autor se establecían como obligatorios. Así, la historia de la filosofía occidental, al margen de las vicisitudes y contingencias en las que nos encontremos, puede desplegarse como una insistencia en preguntarse por cuestiones relevantes para el humano y la diversidad de respuestas argumentadas que aparecen en diálogo unas con las otras. Y el diálogo puede ser fáctico o implícito, pero en cualquier caso el resultado es un discurso elástico y flexible que se desliza tan infinitamente con la humanidad, como finitamente suponemos que será esta, y con diversidad de aristas y desplazamientos que enriquecen ese diálogo-discurso. Creo que leer y entender a los grandes de Grecia es el punto de partida y, según para quien, de llegada; y a partir de estas lecturas, auxiliadas por el profesor, y accediendo a lo relevante que subyace a los diversos modos de expresión de las cuestiones y las respuestas en flujo.

Bien pues establecido lo anterior, mi reencuentro anual en esas condiciones con Nietzsche me desataba una cierta crisis. A través de las obras “El nacimiento de la tragedia: o Grecia y el pesimismo”, algún capítulo de la “Genealogía de la moral” y “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral” debía presentar la figura de un filósofo cuya culminación fue cada vez más poética, y que haciendo una crítica de la cultura occidental -que era lo que se exigía a final de curso- no podía alcanzarse lo más innovador y genial del autor, como por ejemplo las vivencias de las que acabó gestando su obra más emblemática “Así habló Zaratustra”.  Terminaba, según mi sensación, mostrando una figura que martilleaba los pilares de la cultura occidental, que asumía el dolor y no huía, pero escasamente cómo su sí a la vida era pleno. Y esto significa que desde una actitud dionisiaca la asunción de dolor y el placer simultáneamente como propio del existir, le elevaba a un éxtasis en el que fue capaz de carcajearse del dolor, disfrutar del abrazo inmenso de una roca inmensa y experimentar que el eterno retorno consiste en la experiencia de sufrir y alegrarse -no importa de qué o con quién- asumiendo que esa es la vida. No hacen falta lenitivos para vivir plenamente, al contrario, la aceptación simultánea o no de la experiencia más dolorosa o la más alegre es la actitud del humano que ha logrado ir más allá de esa determinación y experimentar como un baile vital ese eterno retorno que no es condena alguna.

Me lamento de que mi aproximación a Nietzsche solo diera de sí para que los alumnos me preguntaran a final de curso si era atea. Triste desenlace. Asumo, por otra parte, que en tres o cuatro horas no se puede hacer mucho y que, a pesar de mi dolor, algunos de ellos mostraron un interés especial por profundizar en esta gran figura de la filosofía y la literatura que fue y es Nietzsche.

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