Erigirse en juez de lo otro, desvela la falta de autoconciencia.
Categoría: Aforismos
Disponemos de un ápice, apenas, del vivir, ensombrecidos por la introyección de un paradigma inmensurable. No somos el despojo de lo idealizado, ni su encarnación, sino el humano tránsito de una naturaleza controvertida.
Quien cree someter el lenguaje a sus designios es, posiblemente, alguien mareado en un giro lingüístico.
Ante una presión social extrema, el cuerpo se retuerce rebuscando la posición inicial: esa que siendo en el útero materno solo se le exige estar.
Lo trágico se hunde en el padecer agudo, y ahí nace; pero su naturaleza se despliega en la impotencia de no ser más que ese drama circunvalado y centrífugo.
Se otorga la eternidad a quien deja una prosa mágica como legado. Y mágica no por su barroquismo ornamental, sino por la rara habilidad de ser en palabras la encarnación de una diversidad de vidas. Quizás, siempre fue el poeta el único testigo fiel de lo acontecido.
Enhebramos agujas con hilos que no suturan y así se deshilvanan propósitos que devienen conatos vanos, y solo bajo la genuina determinación de la voluntad, los fracasos –si los hay- son efectos inevitables.
Vagabundeando por una urbe, nada desangelada, nos internamos sinuosamente entre los unos y los otros, perdiendo la mismidad, que nos apresuramos a restablecer huyendo del gentío hacia la cueva sagrada de nuestra identidad.
Quien se percibe ínfimo, necesita clamar su propio menosprecio para que otros, abrumados por la crueldad auto-infringida que observan, acudan a rescatarlo de sí mismo –ese juez sin piedad, ni compasión que lo condena al vacío-
No somos exactamente quien queremos, sino quien podemos. Este es el auténtico «principio de realidad».