Colgamos los brazos distendidos en la barandilla de la terraza, observando lo que pudiera avecinarse, mientras otorgamos descanso a la obsesión de discurrir, agotados de verlas venir antes de arribadas.
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Los que concebimos la Filosofía como una forma de vida no podemos desapegarnos de esa actitud interrogativa que enerva a los que, siendo algo solidarios, creen acallar su conciencia. Y es que el filósofo –al que nos referimos- padece la culpa universal que le ha troceado la conciencia. Acaso sea esta carga la que le
Ignoramos el devenir sin por ello angustiarnos, aunque la cuestión debiera ser si la experiencia acumulada, desde la cual nuestra ignorancia nos proporciona tranquilidad, ¿no sería más bien un motivo de ataque de pánico?
La felicidad pudiera ser un bienestar sostenido, hasta que se cruza alguien ajeno y te desmonta el castillo de naipes, en el aire.
El rencor es como una regurgitación ácida que agrieta el rostro. Lástima que hay cosas que no pueden dejar de ser re-cordadas y vomitadas por la acidez que generan.
Las pausas que nos concedemos enaltecen la intensidad del vivir.
Quien fantasea sobre virtudes sin poseer ninguna, de hecho, es como quien sermonea con autoridad sobre Dios, del que lo máximo que puede es dudar.
Quien pregona y no lo hace desérticamente, es un demagogo, no un profeta.
Irse suavemente como la espuma, sin alteración, ni oposición solo sintiendo la presencia de los que te acompañaron en el tramo más arduo del camino. Un lujo.
¿Por qué los hombres no suelen sentirse agredidos sexualmente por las mujeres? ¿Será porque el acoso les hace sentirse más machos?