La mínima manifestación de la existencia consiste en permanecer, sin pretensión alguna. La vida es otra cosa.
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Siendo quienes somos, seremos brevemente.
La decencia, atendiendo al recato y la modestia, no encumbra cualidad alguna del sí mismo ya que, por honestidad, sabe de sus carencias.
Si la ausencia del otro es olvido, ningún reencuentro subsana la tragedia. Porque tras ese lapso vacío ni reconocimiento posible, ni confianza, tan solo un viejo vínculo dislocado y rasgado bajo la mirada atónita de ambos.
Hay cementerios con okupas que usurpan la guarida de los idos. Seres sin raíces ni motivos que vagan a gusto por lo tenebroso y lúgubre, que absorbe sin exigencias la naturaleza fantasmagórica de quien no se sabe a sí mismo.
Millones de páginas escritas y ninguna te menciona, aunque muchas podrían referirse, entre otros, a ti. Porque hay experiencia básicas que son universales, aún más –paradójicamente- cuando se ha carecido de ellas.
Aferrarse a “un clavo ardiendo” es una expresión metafórica, pero tan contundente, como agónica la existencia de quien lo vivifica.
El gobernante que se desplaza en la línea de la ambigüedad, miente. Esta escurridiza forma de deslizamiento no es más que la estrategia para eludir la responsabilidad de su engaño y poder mantenerse con opciones `para renovar el poder.
Siendo reos de nuestras heridas arcaicas, no hallaremos la paz.
El espacio recorrido –distinto al reseguido- se acompasa de un tiempo que transcurre inexorablemente al punto final. Ese tramo vital nunca es aséptico, por mucho que el lenguaje permita esta indiferencia.