Cuando un pueblo deja de pensar y se entrega de forma expansiva al sentir, no hay despropósito ni incongruencia de sus líderes que los despierte del sueño del deseo infinito.
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Nunca está todo dicho, ni escrito. Quedan resquicios insospechados en el atardecer, que se desvelan en la singularidad, la univocidad y la voluntad tenaz de no renunciar a búsqueda alguna.
La locura es el punto de lucidez del sin sentido.
Tan difícil es mantenerse neutro, que casi acaba siendo pasivo, en medio de un tironeo polarizado, como inmóvil bajo un tornado.
Quien se escuda en el destino, amaga su cobardía y elude su responsabilidad.
La conciencia humana es, sin duda, el origen del mal.
Sentirse solo es un doloroso aislamiento emocional, pero estar solo es, además, un ostracismo social difícil de calibrar si quien lo vive se lo merece.
Sentados, con los pies colgando hacia el abismo, nos resta la crucial decisión de orientarlos por voluntad propia, prescindiendo de resonancias insidiosas que podrían doblegarnos.
No está tan distante la miseria del ostracismo, para quien busca vivir según sus convicciones.
Todo tiene un límite, o con esa esperanza subsistimos.