Hay niños consumidos en sus huesos por los que nadie más que los suyos lloran, entre escombros y ponzoña, resistiendo como cadáveres aún vivos esperando la muerte como su único auxilio. No tienen homenajes póstumos, ni nombre, casi ni son número. Deberían ser la hiel amarga eternamente de toda conciencia.
Si no hay silencio, sino un vago rumor musitado por anónimas voces penetrantes, quizás algún gemido resta acallado en las entrañas.
Resistirse a la exigencia de ser el báculo urgente de quien entra en pánico en el lecho que anuncia el final, puede no ser un gesto de indiferencia egocéntrica sino la última tensión y gesto de supervivencia de una larga historia esperpéntica.
a través de La memoria emocional y el mal Clica para ver post de noviembre de 2016
Quien halle un motivo, no frívolo o banal, para alegrarse de la existencia de este mundo, que se cargue de argumentos y lo exponga.
Atinar el umbral ajustado en el cual no hay letargo, pero tampoco exceso de acto, es el reto de quienes padecen hipersensibilidad generalizada. Quizás les reste aquello de que “paren el mundo que yo me apeo”.
Lo más revolucionario que se puede imaginar es reventar las cloacas del Estado, todos y cada uno de sus recodos. De todo Estado. Del orden mundial. Quizás así se den la condiciones para que florezca algo sin las raíces podridas.
La podredumbre de humanos que para su satisfacción sexual vejan, humillan y descarnan la vida de sus víctimas se extiende por todas las capas de la sociedad. Unos consumen sin mirar atrás, otros comercian con personas como si fueran ganado, y muchos se benefician de sobornos y amenazas, o en su lugar se enriquecen encubriendo
Sentir es un aleteo inesperado de la sensibilidad.
La dignidad solo puede perderla uno mismo. Los demás pueden ultrajar y cosificar, pero esas acciones arrebatan la dignidad de los que las perpetran, no de sus víctimas.