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Hay cuestiones, que además de recurrentes, nos parece que siempre hayan estado ahí y que por flojera de las generaciones presentes se convierten en actualidad como un problema grave y nuevo.

Este podría ser el caso del acoso escolar del que muchos afirman que siempre ha habido y nunca se ha hablado tanto como ahora. Conforme con la apreciación, deseo marcar una diferencia cualitativa: la falta de límites y por tanto la intensidad de la violencia con la que se ejerce hoy ese maltrato.

Si hemos constatado, en otros contextos, respecto de las generaciones actuales la carencia que tienen de referentes claros, de autoridad y por tanto de límites que les ayuden a definir que es aceptable y que no, debemos mantener por coherencia este diagnóstico cuando analizamos el fenómenos del bullying.

Los niños o adolescentes ven el marginado, el nuevo, aquel que se integra con dificultad o que es diferente su posible imagen en un espejo y se alteran violentamente ante esa soledad social y marginalidad que les horroriza. Solo queda seguir al que aparece como líder fuerte capaz de aglutinar a los otros, para no ser ese individuo al margen de. El rechazo del grupo empieza expresándose con bromas que como sabemos van aumentando su grado del mal gusto al maltrato y la agresión. ¿Dónde está el límite? Quizás en lo que la víctima sea capaz de aguantar y desgraciadamente hay jóvenes, también en estas generaciones, que son capaces de aguantar torturas mentales y físicas cuyo pánico les lleva al suicidio antes que a delatar a sus agresores. Por parte de los acosadores no hay límite. Si la víctima lo soporta el verdugo no cesa en su empeño, porque mientras no se doblegue la violencia tiene cabida. Esta concepción más o menos consciente en unos y otros –la muerte como único límite real y la falta de límite de la violencia- fluye de una sociedad profundamente violenta en su manera de integrar a los individuos por su alta competitividad, por las relaciones políticas y económicas de violencia e injusticia, porque no hay formas pacíficas ejemplificadoras de resolución de conflictos: terrorismo internacional como fenómeno hipócrita, invasiones de unos estado a otros, indiferencia ante los problemas del hambre en los continentes más pobres, egoísmo ante la corriente migratoria hacia los países occidentales tratándolos como posibles delincuentes o terroristas. Este panorama violento que muestra cómo la victoria está en manos del más fuerte, estimula en nuestros adolescentes una actitud hacia los que consideran inferiores –no lo son, pero son percibidos así- demoledora, como enemigos casi a eliminar antes de que sean una molestia mayor.

Así, una generación sin límites es una generación que jerarquiza los valores a partir del influjo que recibe del entorno. Eso valores no lo son propiamente en un sentido axiológico, sino que lo son de facto, en cuanto rigen el mundo. Lo que se hace es lo que se debe hacer. Una confusión entre ser y deber ser contra la que lucharon muchos anteriormente.

Sería derrotista decir que todos los adolescentes han caído en esta confusión. Recordemos que estamos analizando cómo los agresores ejercen una violencia sin límite, y por tanto serían estos los que identifican lo que es con lo que debe ser. La víctima por su parte es consciente de la injusticia que vive, pero el miedo, el pánico la paraliza. Sabe que lo que debe ser no es lo que le sucede aunque no confía ni ve forma de liberarse. No hay que obviar tampoco que alguna de estas víctimas se ha convertido, al cabo de los años, en el verdugo que ha irrumpido en un instituto tiroteando a alumnos y profesores al azar. Está claro que la violencia genera dolor y ese dolor puede desatar una rabia sin límites también.

El maltrato entre iguales se produce en el momento en que unos poco no se ven igual que un individuo al que consideran inferior, tal vez por características que ven en este y que rechazarían poseer ellos. Es ejercido con una violencia sin límites, peculiaridad frente al acoso que conocíamos hasta ahora, y puede llevar, y ha llevado, a la víctima al suicidio.